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martes, 8 de marzo de 2011

Estrellas y estrellados.

Es sabido que  los tiempos de crisis  generan liderazgos  dudosos,  estrellatos tóxicos y doctrinas para echarse a temblar.  Pero aunque esté en la  teoría, no  veo la razón de aceptar esa situción, asumiendo al enemigo en casa, como si no se pudiera apagar la (mala) televisión y retomar la vida (propia) de cada uno. La de cada uno, vértigo que, hoy, ya empieza a parecer insuperable en amplios sectores de  población y, muy principalmente, en las clases medias.

Tiempo tendrán los que no la vivieron, de analizar nuestra crisis. Como  no  estaré para discutirlo en el momento, adelanto  ya algunas tesis que iluminen a las generaciones futuras (quién sabe si, quizá, también a las presentes) y  anime a sus líderes a un ejercicio más responsable de la autoridad. Porque ¿qué fue antes?, ¿la crisis económica o la otra, la de valores? Quizá la vanidad del  esfuerzo por llegar adónde no teníamos ninguna necesidad de ir,  nos dejó tan atontados que la crisis económica se nos coló por causa de la otra, por no saber qué  hacer con nuestras vidas, con nuestro tiempo libre, nuestros afectos, amores y horrores.

Algo  de lo  que nos  pasa nos mereceremos, después de haber encumbrado  a Mario Conde, a Torrente,  a  Raúl, Belén Esteban, el Dioni, a Jiménez Losantos, a Umbral, a Pérez Reverte, a Paquirrín, al novio de su madre, a la ex de su padre, a los giles y ruizmateos, a Carmen Machi  y sus abominables creaciones, a Esperanza Aguirre y a Mouriño, cuyos destinos la presidenta ha unido hasta la muerte (¿con el consentimiento del  portugués?)... En fin,  tantos líderes de opinión que nos fueron imponiendo, unos, soltar los botones de la manga de las chaquetas (a los que utilizan chaquetas con esa particularidad); otros, la necesidad de enriquecerse aunque sea sin escrúpulos; quiénes, la  procacidad  en el  lenguaje como marca de caráccter; o las  camisas inexplicables, las barrigas indecentes,  el tartufismo  santurrón y delincuente. En general, si nos fijamos, una insoportable tendencia al  cabreo, el exabrupto y la ordinariez de esta España nuestra, a la que solo le hacía falta la llegada del padre Maciel, para acabar de confundir a las gentes de bien, que, justo es decirlo, mostraron un arrojo en la confusión más propio de otras causas, ¿verdad, señora Botella?.

Parece como si el  arte de vivir, eso  que El País ya denomina, sin pudor, "estilos de vida" y  hasta de vez en cuando  se atreve a llamar life style, se hubiera reducido a convertirnos en la imagen de alguna de las estrellas del momento. La que sintamos más próxima. Pero de soñar esa imagen también pueden resultar pesadillas: compárese, si no, a Sergio Ramos con Beckam. O a Ophrah con María Teresa Campos... Podríamos seguir.

Si alguien piensa que Carmen Lomana tiene algo que ver con la elegancia, quizá se haya sentido estremecido  por los deslices de Galliano. ¿Y éste, quién es? Ahora todo el mundo se preocupa  por sus opiniones, como si sus creaciones llevaran años ocupando nuestros armarios, pero Dior bien a gusto se lo ha quitado de encima.

Esto de la moda, por ejemplo,  ¿importa a alguien más que a las periodistas que se dedican a ella? Sin Meryl Streep, Anna Wintour nunca hubiera sido nada, y a su anonimato  ha vuelto. Si somos serios, ¿McQueen marcó  una época? Puedo entender que Jhon Lennon se sintiera más importante,  o  igual, que Jesucristo, pero  nunca creeré que Mel Gibson sea su representante en la tierra.

La  televisión se ha convertido en una especie de elcorteinglés proveedor, y sustentador, del individualismo democrático que nos  aconseja hacer, sin tregua posible, lo  que nos  venga en gana. Baja uno al metro y le asaltan simulacros de todas las comedias televisivas que aparecen en la parrilla. El mariquita que empìeza se colocó un flequillo Glee, la  devoradora de hombres hace lo que puede imitando a Eva Longoria, lo de las chicas aquellas de New York parece que ya va en declive, pero no los pavos que se disfrazan de mad man.  El gesto  seudohosco del  doctor House se nos  hace hasta más  fácil de imitar. Hay un ejército de adolescentes dispuestas a comenzar cualquier duelo de baile, solas o con sus amigas más íntimas, contra cualquiera que se haya interpuesto en el  camino de cualquier chico que les de igual, eso sí, con el  gesto fiero aprendido en los high schools americanos.

A esto  llegó y no  sabemos cómo pararlo. Pero, felizmente, también veo  extenderse una cierta nostalgia de nuestro yo, ese interior, inalienable,  independiente, que muchos padres no encuentran en sus hijos y que a muchos hijos les reconfortaría descubrir en sus padres. Porque en esta materia, la transmisiónn es fundamental. Y no miremos siempre a la escuela. ¿Se imaginan a cualquier profesor compitiendo con el life style de Sheen en su famosa serie?, ¿qué puede hacer una profesora frente a la gracia infinita de Carmen Machi?, ¿debe el jefe de estudios, adoptar el role model de Risto Meijide para ejercer alguna forma de autoridad?


Yo no  pienso "divertirme hasta morir", porque ya fui avisado por Neil Postman, y  hasta creo necesario  redoblar la  vigilancia ante esa función reguladora de la moral, y  de todos los  valores sociales pasados y presentes (no se pierdan las  trampas de series como "Cuéntame" ) que ejercen los medios de masas y, con ellos, la caterva de modelos, más o menos disparatados, que propone esta modernidad nuestra.  Modelar una generación es hoy  más fácil que nunca:  la indumentaria, y otros imprescindibles de nuestro consumo diario, la regulan las series de televisión, lo mismo que el comportamiento y hasta el  lenguaje. Esto último es lo  más desazonante porque, a veces, se traducen los diálogos tan mal,  que se unen a las aberraciones lingüísticas que cometen, sin motivo aparente, las series nacionales.  El resultado de todo esto es que nunca fue tan difícil como ahora ser rebeldes: ¡ayudémosles!

(Dejo para otro día las  series de vampiros y su recomposición de la moral sexual de nuestros jóvenes. Es algo terrible).


domingo, 20 de febrero de 2011

Febrero en Madrid

¿Arco o Cibeles?
¿Cibeles o Arco?
Siempre fue el mes que más me gustó del  año en la capital. Los  cielos esos de Velázquez ocurren (a veces, y no solo, pero también...) ahora, los membrillos fríos de Antonio López también se pueden buscar ahora. Pero lo  mejor sigue siendo, sin duda, las ganas de echarse a la  calle que siempre caracterizan al madrileño, que no  aguanta más, desde las ya lejanas navidades, sin merodear por terrazas, calles y plazas.

Y por Arco, otro de los regalos de febrerillo, el  loco. Arco: ese rompeolas de opiniones sobre arte, en el  que todos tenemos derecho a dejar nuestra impronta; los quince minutos de celebridad al  año para cualquier enterao que se precie y quiera discutir con un galerista (nada menos); la impagable sensación de compartir, y hasta controlar (en tremendo monopoly),  las claves del  mercado del arte. Pero el  grande, el verdadero, el regalo  que Arco hace a las masas, y estas raramente saben corresponder, es el  ascenso en la escala social. Y un día cualquiera de febrero, sin saber muy bien porqué, se encuentra uno dentro  de una burbuja, un poco claustrofóbica tal vez, pero ¿a quién le  importa?, una burbuja nada especulativa, sino de las de verdad, creada por algún eximio artista para alguna generosa marca de cualquier bebida cara; y tú ahí, rozándote, si se tercia, con la  baronesa Thysen, generosa en todo, y también en las formas y contornos que la delimitan. Porque a la que no rozas ni de broma es a Leticia, qué flaca esta esa chica, por dios.

Yo  mismo: empecé pagándome la entrada, por ir, porque todo el mundo iba;  y  tardé años en enterarme de que, además, había gente que compraba cuadros,  o  fotos,  o  cualquier otra cosa. Ahí me puse como fundamentalista: ¿qué hacía yo, que no  tenía la  mínima intención de comprar nada, en una feria? También puedo estar interesado en los viajes y no me paso  tres días recogiendo folletos en Fitur, por no  hablar de Iberjoya, donde seguro que exponen unas cosas estupendas.

Craso error: estuve a punto de frenar, y desde luego comprometí seriamente, mi ascenso social. Y muy poco después ya no pagaba la entrada, visitaba la  feria rodeado  de magantes, me emborrachaba gratis y, sí, también: incluso llegué  a ligar. Ya en la etapa final  de mi exitosa fusión con el  arte contemporáneo, ni siquiera necesitaba ir al  recinto ferial  para disfrutar de él y hacer todas esas cosas: me bastaba con hartarme de copas en el  Cock: Y eso sí que es arte.

Lo que  después de treinta años no  ha conseguido  Arco es que las galeristas rejuvenezcan, que los  artistas se arreglen un poco, que los coleccionistas adelgacen. Porque al lado, y a la vez, se celebra la pasarela Cibeles, y no hay color. Así que, en cuanto termine la  conjura de los periodistas y Leticia se/nos confiese que le apetece mucho más la movida del  pabellón de al  lado, Arco se va a quedar solo con sus compradores y nos  vamos a ir yendo  todos hacia Cibeles, aunque no den tanto de beber.

Muy importante la conjura mediática: allá se van los becarios a  sentar reales tres días, sin parar de comentar. Así que si  tienes la  santa prudencia de quedarte en casa leyendo los periódicos, pudieras llegar a cultivar la  impresión de que el  futuro del  arte y la  cultura contemporáneos, se juega precisamente en ese pabellón del Ifema de Madrid, mientras tú te repantingas en tu casa. Los medios chequean la salud del  "sistema arte" por ti, le aplican cataplasmas,  comentan el efecto de las mismas, se le dan electroshocks; todo para mantener a no se sabe quién informado de no se sabe qué. Cualquiera  comenta los solo-projects, como si no se dedicara a otra cosa, o  se desilusiona con los projects-rooms, se abomina de lo electrónico, o se echan a faltar las performances. Y  los pobres galeristas que no saben qué salida dar al género.

Todos los años lo  mismo: comenzamos con malas expectativas, la  crisis causa temor; para tres días después respirar aliviados, celebrando que el  arte goza de buena salud y las ventas no  se han visto afectadas por esa crisis tan ordinaria que aquí no tiene fuero, hasta ahí podíamos llegar: ¡le  van a decir a la baronesa que su colección vale ochocientos mil millones menos!. Y sí, respiramos aliviados como si nos correspondiera algún porcentaje de esas ventas por ser contribuyentes, o por cualquier otra audaz pirueta fiscal de Zapatero, ¿porqué no?, el  arte es de todos ¿no?. Aunque el resto del año haya que continuar denunciando que no se vende un colín... y vuelta a empezar. Mientras, las cifras de Iberjoya duermen el sueño de los justos, como  las de las ferias de maquinaria agrícola, o cualquier otro de los bienes que inciden de verdad en nuestra vida diaria; mucho más que el  arte, para el  caso.

Pero nos gusta Arco, nos pone, cómo nos pone decir eso de "yo solo compro lo  que me gusta, no pienso en la inversión". Con esa filosofía de vida, Arco  ha sembrado de espantos los adosados  y áticos de medio Madrid, pero, sin duda, también ha hecho feliz a mucha gente. Y si pusieran a un director más alegre pues todavía haría feliz a más, quién sabe si, quizá,  hasta a los  galeristas.

jueves, 10 de febrero de 2011

"El País" (¿quién si no?) nos trae "la modernez"

¿Xavi Sancho?
Lleva el diario "El País" un par de lustros traduciendo de mala manera los modos y modismos del New York Times, al que, de haber tenido  que conformarme con ser Cebrián, yo también envidiaría. Que "traduzcan" los diseños y maquetaciones, los colorines del fin de semana, la alimentación,  impostada y retórica, del pensamiento para una estulta clase media a la americana, ignorante y consumista, presuntuosa y aburrida, hasta se comprende. Serán los mercados... Pero  cuando  ya se lían con las  traducciones de ideas, textos y hasta de palabras, el juego deja de ser inocente y se convierte en el  testimonio de nuestra ignorancia sobre lo  que en el mundo cultural ocurre, del seguidismo sin sentido de lo que se cree moda, de la  absoluta falta de reflexión en nuestros medios de comunicación, traspasada sin remedio a nuestros medios de creación.

Amarrado  al  duro  banco de cualquier galerada prisesca debería quedar, por tiempo indefinido , un tal Xavi Sancho que, sin muestras de pudor ni arrepentimiento alguno, firma la impagable pieza "Catedráticos de la 'modernez'" (totalmente sic ), en el  diario de referencia, de fecha 08/02/2011 (no  me queda paciencia para buscar el link).

Como los malos  escritores son los más fieles portavoces de las miserias de una época (léase si no cualquier cosita de Pérez Reverte, por no andar indagando mucho);  así este periodista, becario o consolidado, senior  o junior,  estrella o estrellado (que en todos  esos niveles encajaría con soltura nuestro comunicador), refleja lo peor de una información cultural  tan deficiente en nuestro país, que es incapaz de generar un debate público, vocaciones, correcciones a la oficialidad, orientaciones al sector privado...  nada. Una crítica cultural de vuelo gallináceo, que solo alcanza a escarbar en la  biblia neoyorquina  para encontrar las migajas de gracia de quien nunca la tuvo, porque de las muchas cualidades que animan todos los  días las páginas del Times, la  gracia tontona y enrrollada como guiño a la  tribu tontona y enrrollada, no es la principal ni mucho menos.

¿Porqué ocuparse de algo  tan intrascendente? Como diría  Cristiano Ronaldo, luz y espejo de la juventud, porque hay niños y necesitan ejemplos. Y porque ya está  bien de que todo valga. El autor del  artículo que comentamos toma la benemérita publicación n+1 (lo que ya le  otorga un aire de enterao que parece hacerlo  feliz) como referencia para llenar las líneas que le han pedido. Y, a través de ella, plantea los estudios que se están realizando sobre "la realidad de los modernos". Lo que parece ser increíblemente polémico:  "... se editó un libro que trata sobre el  asunto, What was the hipster", y,  por favor, apunten todo esto para sustancia de sus conversaciones presentes y futuras, " eso no  hizo sino extender la polémica de convertir en objeto de estudio la realidad de  los modernos,  once años atrás asociados por inercia con las subculturas juveniles,  hoy ya casi convertidos en una casta cuyos orígenes parecen hallarse en el triunfo del neoliberalismo".

Tomen aire y ayúdenme a entender algo. Once años atrás comenzábamos el 2.000 y yo  estaba en la lejana y oriental Manila; solo así resulta explicable  que no me enterara de que, al  ser moderno, formaba parte de la subcultura juvenil (a mi edad). Pero he preguntado a quienes permanecieron en Occidente y tampoco tienen noticia de esa extraña trasmutación que llevó a los modernos a transformarse en subcultura juvenil, momentos antes de convertirse en "casi" casta, gracias al  triunfo del neoliberaliismo. Solo  ahora consigo entender la trayectoria profesional y vital  de  Rodrigo Rato.

Aparte ese hallazgo, que, la verdad, ya intuía, he sabido que "una de la peculiaridades del libro" radica en ser "la transcripción del evento que precede a una serie de ensayos más o menos  sesudos sobre el  tema:  desde las pugnas entre judíos ortodoxos  y modernos en Brooklyn por la  implantación de  carriles bici hasta el diluido papel de la mujer en este universo".

Hay, efectivamente, un libro de pormedio. Y los lectores habituales de El País seguramente han adivinado que ese libro está próximo a publicarse en traducción al español (esperemos que no perpetrada por el  propio Xavi). De hecho, es la portavoz de la editorial, Ana Pareja, la  que  da la puntilla al neonato afirmando que "puede llevarte a analizar con seriedad algo que a primera vista es absolutamente frívolo". O sea, la modernidad, ¿frívola?, pero ¿qué editorial es esa? Se lo digo:  Alpha Decay (de verdad, sic).

A mi lo único  que se me ocurre para explicar este disparate es que Ana y Xavi sean novios. Solo así entendería que un diario de prestigio se prestara a operaciones publicitarias tan soeces y, si me aseguran que lo suyo  va en serio, hasta lo aceptaría.Que ambos formaran parte de un comando literario de Muchachada Nui también tendría su lógica, aunque seguiría sin tener gracia.

No  siendo así, no  puedo sino lamentar la deriva de ese periódico con el  que todos aprendimos tanto  y que tan caro nos lo está  cobrando. Asumiendo que haya otros de los que ni hablemos, El País ha entrado en la patética  -y vana- ilusión de  continuar captando la  atención de las sucesivas generaciones de españoles, para la  cultura más  cosmopolita. De ahí la audacia sin fin de Xavi, los melancólicos  esfuerzos por imitar a Rolling Stone del otrora  gran Manrique, o  los pedos de monja de Boyero. Dejando a Juan Cruz pastorear  la tercera edad que aún se mantiene fiel. Porque muchos nos estamos yendo, es verdad que al  fútbol, pero nos estamos  yendo. Y los  jóvenes hace ya mucho que pasaron.

El  clientelismo, la autopromoción, el  amiguismo, la falta de pensamiento y objetivos, la pérdida de identidad... están creando un periodismo cultural sin sentido, en el que nadie cree, tras descubrir una y otra vez que solo encierra promociones de  "los nuestros", o consignas "de los de arriba". La obsesión de trasponer al mundo  de la cultura los usos y prácticas, que convierten en populares objetos o  servicios de cualquier otra índole, no está ampliando su público, solo   enajena a los  que decidimos permanecer en ella pase lo  que pase. Tanta exposición aplaudida por decreto, tanta película encumbrada por dinero, las instituciones culturales con bula para derrochar porque hay críticos en nómina, los  libros  que solo duran el  tiempo de la promoción, los escritores con pasaporte de salvapatrias...y otros engaños a los ojos y a los corazones del siglo (con las inteligencias no pueden) están llevando a una profunda indiferencia por la  cultura, casi tan olímpica como la que empezamos a sentir por la política. En España siguen demasiado enredadas.

domingo, 6 de febrero de 2011

¡Socorro: los valores...!

Todo el  mundo  intenta solucionar la crisis: esa, la grande, la que todo lo  abarca, la  que nos domina y corroe, la ominosa.  Sin embargo, antes de convertirse en la ominosa, la crisis era financiera, máximo económica. Ahora ya es crisis, irrenunciable, total, absoluta. Crisis. ¿Quién la arregla? La financiera los que andan en ello, siempre ganando y demostrando que, en realidad, una crisis no es más que el golpe de algunos para redistribuir la circulación de rentas, previsiblemente, a su favor.

La económica; eso, los economistas. Ahí ya hay lugar para más sabios, porque los economistas han dado en el embeleco de atraeer a su acervo los saberes de todas las áreas exploradas por el ser humano, así no hay quién les eche la culpa de nada. Y ahora va a resultar que la  crisis era una crisis de valores. Y siendo así, nada más natural  que exigir la  vuelta de los valores, o a los valores; distinción que no resulta baladí, porque afecta a quién sea el encargado de llevar y traer tan preciada mercancía.

No hay que engañarse, los valores casi siempre andan metidos en una bolsa de,  y  lo que nos jugamos es  la bolsa de valores. Y esa  bolsa no  está nunca lejos de las manos del poder, que la maneja con  actitud generosa o amenazante, a veces estimulante y otras sancionadora, según... Los  valores son eternos, y si no, no valen para nada. Como el ADN, SON la  humanidad.  Nada tan humano, pues, como los  valores.

Amparados en esa eternidad de su vigencia, los valores lo que de verdad son es  el  pasado que invade nuestro presente, ocasionando no  pocos trastornos, muchos sobresaltos  y un sinfin de quebrantos a la integridad del individuo. Esos valores que, por cierto, pocos se molestan en especificar, inventariar y divulgar (solo sabemos que están en una bolsa y son múltiples y variados) se supone que tienen un alto contenido ético,  humanista, convivencial. Pero no  son más que los valores  históricamente promovidos desde el poder a través de la religión.

¿Cuáles son esos valores? Por intentar aproximarnos a ellos y sin  intención de agotarlos. El  respeto, que no  falte; ese es el  que  comienza en la escuela, se consolida en la familia, pasa a la empresa, al sindicato, al municipio... el  respeto. O sea, la aceptación de lo que venga, sea lo que sea. ¿Y la  integridad?: parecido, aguantar marea sin descomponerse. El ahorro, eso siempre,  salvo  cuando nos lanzan a la calle a gastar todo lo que habíamos acumulado  con dificultad, porque hay que ser patriotas. La unidad, el nacionalismo, la patria... ese me lo salto. Hay algunos más.

En fin, eternos retornos de una moral que  consagra el esfuerzo, el sacrificio y la ascesis como formas de llegar al éxito, la moderación como forma de conservarlo, la sumisión como estrategia de  integración y el aburrimiento como el destino natural del ser humano. Porque la cosa es esa: que la gente se aburre. Indaguen, profundicen, pregunten a sus amigos...

O vayan al cine español, y encuéntrense con esos "primos" tan divertidos que acaban  de estrenarse, pero seguirán contigo  aunque te deje tu novia y además, perpetuamente vestidos de imbéciles, como en el  cartel que anuncia la película del mismo nombre. En él, tres jóvenes de espaldas a la cámara se dirigen a lo que parece una playa, en calzoncillos, pero con los restos del chaqué que les sirvió para asistir a una boda. El melocotón se lo empezaron a agarrar, parece, en las escaleras del mismísimo altar de la iglesia. Vamos, el colmo de lo cool; oigan, ¿se puede ser más enrrollado? Desde luego más idiota, no. Esos son los eternos  retornos: que las clases superiores propongan a las inferiores formas de comportamiento inclusivas, ritos de iniciación que, a cambio de la efectiva igualdad de oportunidades que no llega, ofrezca la ilusión de pertenecer al grupo de los elegidos, solo con vestirte como un memo. Y además hasta te dejan hacer guiños así, medio atrevidos, tardoprogres, neoamericanos, ¡viva la identidad cultural!

Y si no, ¿qué me dicen del  riesgo que corremos, si  nos aplicamos en el trabajo, de que nos hagan marqueses, como le  ha pasado al pobre del Bosque? Cabal como es, sus últimas fotos registran la sorpresa por una prebenda que ni esperaba, ni buscaba ni, probablemente, entienda. Pero todos somos Inglaterra y si Ferguson es lord,  pues Del Bosque marqués, para eso tenemos un rey tan cool  y molón, tan sencillo, que no  es casi ni rey de lo sencillo que es. Pero hace marqueses. ¿Y qué le añade a un entrenador de futbol ser marqués? Lo mismo que a un memo de treinta años vestirse de lo que no es para hacer lo que no quiere: valores...

Yo, por no sustraerme a lo que critico ni  hacer traición al siglo (XXI),  también quiero proponer una vuelta de los  valores. De los del Caballero del Verde Gabán, aquel erasmista disfrazado con esa alegre prenda, entre los personajes que salen al paso de Don Quijote: el individualismo por encima del grupo, la conciencia de sí, la bondad entendida como la  actitud de no entorpecer ni cohartar el desarrollo de quiénes nos redean, el amor  como sentimiento de solidadridad y compasión con esas mismas personas, el conocimiento como forma de ascensión en la consideración de los demás y en la propia, el desdén por los logros inmediatos que ocultan la trayectoria... Propongo volver a su personaje, como a Cervantes, con el mejor sentido del humor, sabiendo que la vida, en realidad, tampoco es para tanto afán y desvelo.

sábado, 22 de enero de 2011

La felicidad era eso...



¿Qué es lo que era la  felicidad?

Siguiendo  a la  fenomelogía, una buena versión actualizada sería la satisfacción del fumador que sale a la calle  y resuelve su perentoria necesidad, huyendo  de la  represión interior. Algo así como quien saca un pie de la manta en estos días tremendos y lo vuelve a introducir en el confort de la  cama: vuelve a ser feliz y por bien poco.

Pero como no  solo  somos así de inmanentes, como también buscamos más cosas, hemos perdido un poco el sentido. Porque ¿qué era la felicidad? Innmediatamente antes de la llegada de la crisis, ese fantasma que recorre España (y alrededores), la felicidad  era comprar, presumir, cenar en sitios caros; así,  alardear todo el día, de cualquier cosa; aprenderse marcas de vinos de memoria, hablar de añadas que nunca se disfrutaron, soltar nombres de personas y cosas que nunca se conocieron; lo que fuera que diera a nuestra vida un coturno suficiente para elevarla por encima de la de los demás.

Esta España que conmueve en la zozobra o se crece en la adversidad, hasta ganar un mundial si hace falta, ¿supo navegar en la  abundancia? No. Frivolizando en los primeros tiempos de la ominosa (esperemos que no llegue a década, aunque por la incompetencia de nuestros políticos no quedará...), a mi me pareció  que,  concretamente  a Madrid, hasta le  sentó  bien la colleja (de los  primeros momentos, la gota malaya que nos machaca ya no sienta bien a nadie ni a nada).

Aquel Madrid triunfante, en perpetuo ejercicio especular con Nueva York, era un coñazo. Además, la  referencia no era  la capital del estado americano del mismo nombre, sino el  "Nueva York" que ocupa el imaginario universal tanto del moderno como del hortera (que coinciden más de lo que se piensa). La suma y cifra del chic, la moda (por lo menos las compras)  y hasta la  cultura o la arquitectura, o cualquier otra cosa. Porque , no nos engañemos, el lujo de verdad, el lujo, tampoco es que a los españoles que inundaban las orillas del  Hudson, les ocupara demasiado espacio en la cartera ni, menos aún, en la  cabeza. Era más lo del turco, el chino y el japonés... y a buscar un bocata chorizo. Pero así nos apropiamos de la Gran Manzana y aver quién nos discutía la conquista.

Pues se acabó. Entonces, ¿qué era la felicidad? Este no parece mal momento para volver a indagar en los pliegues del alma,  qué es lo que queremos, y de eso que anhelamos, qué es lo esencial, lo  que de verdad nos acerca a... ¡la felicidad! Porque la ministra de cultura se empeñará en lo contrario, pero ni yo, ni muchos otros millones de españoles, estamos dispuestos a renunciar a ella (a la felicidad, a la ministra sí podemos renunciar) y a disfrutarla a este lado de la pantalla.

Vinculemos por un momento crisis y ley antitabaco (aunque solo sea por la desazón que entre ambas están generando en  amplios sectores de población). La vida en Madrid está cambiando. Y lo que la prosperidad no  logró con sus interminables horas de trabajo, lo está  logrando la  crisis: meternos en casa. Y  claro, si tampoco podemos fumar, pues ya está, a casa, a degustar unos ricos polos de tomate que habrá preparado alguien; así, como recuerdo de lo que pudo haber sido y no fue,  de cuando todos éramos Adriá. Quizá no lo estamos  valorando (... y disfrutando) en toda su intensidad, pero  vivimos un extraordinario momento de libertad antes de la  nueva norma que llega implacable. Estamos como en el Berlín de ese otro imaginario, del golfo e internacional:  ¡a vivir que se acaba el mundo!. Porque el  que conocemos se acaba, podemos estar seguros.

Y es que, cuando menos lo esperábamos, porque ya habíamos superado todos los complejos europeizantes de los 80 y los 90, cuando empezábamos a entender que lo de Europa tampoco era para tanto, ¡zas!, nos  hacemos europeos, y empezamos a aburrirnos como ostras, a salir solo a cenar, porque las copas son un desénfreno impropio de personas responsables. A follar por follar, sin amor ni nada, solo porque sienta bien y sale barato. Y a rodearnos de artilugios electrónicos en casa para defendernos del exterior.

¿Y un buen libro? De verdad,  es lo mejor. No  dejemos pasar la crisis, demorémosla si es preciso, sin hacernos las grandes preguntas, las de antes: ¿quién soy?, ¿qué quiero?, ¿qué es lo que no quiero?, y sí: ¿qué es la felicidad? Esas y otras respuestas solo las encontraremos en los libros.

El fálico y dominador Occidente, al que ya le están dejando sus instrumentos de penetración hechos unos zorros en todas partes, haría bien en replegarse, volver a ser clásico y pensar.  Y no  digamos  España, donde parece que el único que piensa es Guardiola. Quizá no andaba tan equivocado el trío Los Panchos cuando aseguraba que "bastaría con abrazarse y conversar". Claro, si la infame turba de tertulianos nos deja entendernos. Yo propondría el día sin radio: un día en el que ningún español escucha a ningún tertuliano y descubre en su señora, en el novio, el  lechero, el panadero... una sabia manera de compartir el tiempo y enriquecer su experiencia. Porque lo que no encontramos en los libros ya solo está en la  gente.

Sosiego, reflexión, conversación y calma nos traerán el saber, la estrategia y el placer que la Cope, o El Mundo, u otros similares vociferios, se empeñan en ocultarnos.

PD: La imagen que acompaña es de mi amigo Alexander Apostol, de su extraordinaria serie "Ensayando la postura nacional".

domingo, 16 de enero de 2011

La (última) cena de los pequeños burgueses.




 ¿Alguno de ustedes ha conseguido ignorar con quién se fue de cena el chico de Savater? (http://acuarelalibros.blogspot.com/2011/01/la-cena-del-miedo-mi-reunion-con-la.html)¿No?:  pues está usted metido hasta las cejas en la cosa de la  cultura. ¿Sí?:  ¡qué suerte!, también puede suspender aquí esta lectura. Semejante opinión no  pretende disminuir el valor  del impagable servicio  que Amador Fernández Savater ha rendido a su patria:  por si alguien albergaba dudas sobre la dimensión intelectual de la ministra o  sobre la densidad de las políticas culturales del  gobierno del que forma parte.

Sí difiero del cronista en un aspecto. Dice haber compartido un plato único compuesto, básicamente, de miedo. (Si uno sigue leyendo parece que también hubo atún rojo, pero a lo que vamos...). Conociendo a varios de los comensales,  no  me parece el miedo su condicionante principal. El miedo, como  factor  evolutivo, ayuda al  progreso  del  género humano, mantiene alerta, despierta, espabila y afina. Pero la cena de los devenidos perqueños burgueses (aunque se juren provenientes de muy distintos ámbitos, todos  han acabado en el pesebre) más bien  parece  celebrar el ego desmedido, la  prepotencia dirigista,  la presunción indiscutida de su excelencia. ¿Conocen a  alguien que haya logrado terminar de leer algún libro de Muñoz Molina, por mucho que le hayan gustado  sus peimeras páginas? Y así con los demás.

No abundaré sobre la almendra de la  discusión que se ha abierto en España con la ley Sinde. Ha traído beneficios indudables a nuestra cultura. Como la oportunidad de medir el coeficiente intelectual de la familia  Bardem, o la proximidad a los problemas para llenar la cesta de la compra de obreros tan escasos de remuneración y reconocimiento como Javier Marías... y otras intimidades más, siempre conmovedoras, de nuestro mesetario star-system. Dejemos eso a ellos, que saben; y sobre todo, a los que saben más.

El alma jóven de Amador se turba:  "Me preopcupa que quien tiene que legislar sobre la Red la conozca tan mal". Turbación que solo consigue, y como efecto indeseado, supongo, elevar la  tensión de su compañero de mesa (daría una mano por saber quién era el hipertenso, pero  tengo mis  candidatos...). Amador:  sentí exactamente lo mismo con motivo de la  2ª Conferencia de Cultura Iberoamericana,  en la que, corriendo España con el  gasto, se  asignaba a su ministra un relevante papel.  El asombro  que  causó su  desconocimiento del medio, su falta de sensibilidad ante cuestiones que son la base de nuestra enjundia histórica, solo fue comparable a su entusiasmo cantando ... ¡los avances de la  condiciónn femenina en los últimos tiempos! Ni  Zapatero  lo hubiera hecho mejor. Es verdad que el  tema de la conferencia era "Cultura y transformación social"... Y es verdad que solo son ejemplos, pero que se van acumulando como testimonios de un sistema cultural que sustituyó  hace tiempo la competencia por el poder.

Lo  que no  deja de asombrar es la torpeza de los procedimientos: hay que tratar de estrategias culturales en la  era de las comunicaciones, pues convoquemos a los  guardianes del parque jurásico que han conseguido, en los últimos años, monopolizar una escena cultural españoola al punto del estertor que sigue al  bostezo más prolongado, de la,  ya de por sí,  decaida fiesta europea. Y convoquémoslos a cenar, nada de trabajar, ni estudiar, ni investigar: ¡a cenar!

 Algunos de ellos tienen dificultades para frenar a la bestia en su propia casa ("mi hija se lo baja todo", confiesa un invitado: dios mío: ¿todo?).  Y a  otro le enfurece que usen sus fotos en los perfiles de facebook, ¡y qué quiere que hagan con ellas si ya no hay más velatorios de la movida. ¡ Ah!: comprarlas ... bueno,  quizá para decorar el plató del nuevo  "Cine de barrio". Perdió la oportunidad de fotografiar el "Decadencia Meseta Tour" de Miguel Ríos  (¡cómo hubiera quedado narrado por Elvira Lindo!) y hasta que no se lancen Víctor y Ana... que quizá prefieran a Ouka Lele...

Entre estos y los objetores a la lay del tabaco, uno  ya no sabe cual  de estas españas ha de helarle el corazón.