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domingo, 20 de marzo de 2011

Lío en Río.

El que se ha armado Obama, don Barack, en su visita a la capital  carioca. Y es que Brasil no  es para principiantes...

Vino  don Barack convencido, como  siempre, de que también entre los impresionantes morros de Río de Janeiro, acechaba la  historia; esta vez, para establecer una nueva americanidad que, basada en la igualdad entre países, la  proximidad y la buena voluntad, proporcione algún descanso a los planificadores económmicos USA, frente a los  resolutivos chinos que, sin molestarse en aprender samba, ni en hablar tontamente de  fútbol, ni en traerse a sus mujeres y niños de paseo, acaban con  el zurrón lleno.

Brasil puede con todo y cuando uno se rinde a esa evidencia y se deja  llevar, comienza a disfrutar. Por ejemplo, del  susto que se han llevado los americanos, con este viaje de su  presidente. Para empezar, eran los presidentes brasileños los que, conseguidas las credenciales, corrían a hacer cola en la  Casa Blanca para pedir audiencia. No así Dilma, que desde el principio y sin los mohines seudoizquierdosos de su antecesor, ni complejo  de ninguna clase, incluyó a Obama en su plan de márketing, y ¡vaya si le  ha sacado  partido a la visita! Obama venía como Shakira:  a llenar estadios, hacer caridad y repartir sonrisas. Pero Dilma le  tenía preparada una agenda de trabajo  sin concesiones,  falsas complacencias, ni gestos inútiles.

Para  empezar,  la almendra del viaje ha sido  el  paso por Brasilia, como no podía ser de otra manera, pero los americanos  intentaban evitar. Y ahí Niemeyer, y la  configuración que  dio al palacio de Planalto, impide cualquier frivolidad. Por la  rampa de acceso hasta la presidenta, solo circulan los que vienen a trabajar, así que Michele y las niñas, tan monas, se tuvieron que esperar a que la señora Dilma se dignara dirigirles un par de sonrisas, bien gauchas (Dilma Roussef es de Puerto Alegre), como diciendo: y a estas ¿a qué las traes? No se ha vuelto a saber de doña Michelle que, desilusionada, prácticamente ni se ha cambiado de vestido en todo el viaje.

Don Barack venía a hacer una oferta de cazabombarderos que Dilma no podría rechazar, pero la ha rechazado. No afloja, tampoco,  el americano: Dan Restrepo (su asesor de cintura americana para abajo, o sea, del  Canal de Panamá  a la Tierra del Fuego) todavía  anda retorciendo la sintaxis para explicar que, en ese caso, no  hay apoyo a Brasil en su ambición de formar parte del Consejo de  Seguridad de la  ONU, aunque resulte obvio que de todo se pueda hablar, y también que lo que hoy no es, mañana puede ser.

La señora Roussef ha sido  aceptada por los brasileños con cotas de popularidad iguales s las de Lula en sus primeros tres meses. Y lo consigue sin dar  tres cuartos al pregonero: no sube los  intereses para luchar contra la inflación, pero reduce la  inversión pública para desesperación de su  partido, y aunque aumenta el salario mínimo, no la hace en la cantidad que pedían los sindicatos. Así que a Lula solo le  queda el  recurso  al pataleo: no ha querido  ir a comer con este señór tan simpático, a pesar de que Dilma invitó a todos los expresidentes. En esa línea, también ha prohibido al Secretario de Movimientos Sociales de su partido, Wanderley Silva, que montara ninguna manifa a Obama con estridencias maoistas y sandeces nacionalistas varias. Todos quietos, que ella controla y en ella confían ya los brasileños. Así que sus actuaciones resultan contundentes y convincentes.

Y si  los americanos quieren parte del iguazú petrolífero descubierto frente a Río, precisamente, pues ya pueden ir olvidándose de su subvencionado athanol de maiz y comprando el  brasileño de caña. Con la misma firmeza ha respondido Obama, desde luego, pero eso ya se esperaba. Agenda de  trabajo, además, con final anticlimático, porque no se ha querido dar rueda de prensa conjunta; que a doña Dilma, en el fondo, lo de Libia tampoco le gusta, aunque se haya abstenido en la votación del Consejo de Seguridad. Y Lula  comiéndose las uñas en su pueblo.

La  sombra de Dilma no será alargada, pero como ensanchada sí que lo es , desde luego, llega a Río. Donde manda Sergio Cabral,  gran amigo y colaborador de Lula y que, como buen lehendakari, se había montado  una orgía de representatividad internacional... que la sombra de Dilma no  ha dejado brillar. Obama quería anunciar una nueva era para las américas en la plaza de Río, nada menos, ante tropecientos mil  brasileños enfervorizados, que el gobernador Cabral  parecía dispuesto a agenciar. Pues de eso nada: al teatro, en una recepción bastante cursi, llena de actrices y actores (aunque no he visto a Willy Toledo reivindicando nada: ¿cuestión de seguridad, de agenda?) Antes de eso, la visita a la  favela Ciudad de Dios también ha sido bastante sosa y, sobre todo,  breve. Así que el encuentro de Obama con el pueblo brasileño tendrá que esperar, sin que el pueblo brasileño haya dado muestra alguna de impaciencia. La agenda cultural  que proponían los americanos ha quuedado oscurecida por la mucho más económica de Dilma.

Y no sé  si con tanto cambio e imprevisto, Obama habrá tenido que rehacer su dicurso en el famoso  Air Force One, de camino a Río, pero le  ha salido  bien flaco, como dicen los  brasileños. Dedicar tanto espacio a la manida canción de Jorge Bem, con sus bendiciones divinas y bellezas naturales, ya huele. Y muy forzado el paralelismo entre los estados unidos de América y de Brasil. Hasta Colón, sin nombrarlo, se ha remontado el prócer y, desde entonces, todo no  ha sido otra cosa sino un asombroso y sostenido esfuerzo hacia la libertad de los pueblos americanos. Con ligeros contratiempos dictatoriales, pero aquí está Brasil para dar ejemplo a los árabes sobre cómo se libra uno de sátrapas indeseables, sin morir en el intento. Y ¡cómo ha celebrado don Barack la concesión a Río de las olimpiadas! Sobre todo, no ha ocultado, porque aspira a que sean los americanos los que organicenn el tinglado. Pero ahí sí le  aseguro yo, señor Obama, que ha metido su bien torneada pierna:  no es Brasil un país al que se pueda venir a enseñar nada.

Mientras, Dilma pasaba el  domingo en Brasilia, con su madre, la tía y la hija, con las que vive,  haciéndose todas las uñas para no tener que pensar en esas futesas durante la  semana, y de paso, comentando la poca gracia de esa Michelle , que a qué habrá venido.

domingo, 6 de marzo de 2011

...é carnaval!

En lugares muy diversos del mundo es carnaval, en Brasil es otra cosa. Bueno, la misma, pero sin perder el  tiempo, que a lo que vengo, vengo.

No hay una ciudad más hermosa en la tierra que Río de Janeiro, ni más sudamericana. Verdaderamente, Río concentra las esencias del imaginario atribuido a Sudamérica. Sus playas, los morros desafiantes, la vegetación excesiva surgiendo entre casas y coches, un cementerio aparece de repente, bellísimo, el  centro torrencial y desordenado, las cuestas sin piedad de Santa Teresa, palmeras y coqueros frente al mar, buganvillas desatadas, y esa dudosa simpatía de sus habitantes.

Encuentras uno de los blocos en  que se organizan los desfiles de carnaval, y el mundo se para. A cualquier hora del día o de la noche. No hay un plan de tráfico previo. Al menos el Ayuntamiento no lo hace público. Así que lo mismo puedes disfrutar de la música desenfrenada en un mar de caipiriña, que observar la alegria de los otros desde un  taxi, jurando en arameo mientras el taxímetro avanza implacable, también a ritmo de samba. Pero ¿qué necesidad hay de trasladarse a otro lugar cuando la música y el  baile inundan nuestro entorno? Así que a disfrutar. ¡Es carnaval!

Tengo al  turismo por una de las más terribles plagas que acosan a la humanidad, desde hace unos veinte años, aunque nadie quiera darse cuenta de ello.  También la  crisis nos empeñábamos en ignorarla, así que preparémonos. Y el  turismo en carnaval es  voyeur o, peor, exhibicionista, caro y, además, frustrante.

Invadir una ciudad en su fiesta mayor tiene algo de indecente. La colectividad se suelta el  pelo y es posible  que la  abuela fume, la mamá se tome una copa de más, el niño  haga streptease y el  padre, el  padre es capaz de vestirse de mujer. Y no  tenemos porqué ver todo eso, los que no pertenecemos al lugar. Igual  en Sanfermines, que en la Feria de Sevilla: quienes disfrutan son los lugareños, porque son los que saben qué es exactamente lo que están transgrediendo, y ese es el sentido último de la fiesta.

Objetivamente, Río en carnaval es difícilmente soportable, si no  eres carioca de nacimiento y profesión. O de Hamburgo, por oposición y contraste, que como no se enteran de nada, pues están tan a gusto creyéndose la mar de integrados. Los momentos de concentración en torno a la música impiden el movimiento, seis horas puede ser la media de tiempo invertida para ver un momento de samba de unos 30 minutos. Pasa el camionazo atronando la calle y te deja los tímpanos rotos, los pies molidos a pisotones, el cuerpo cubierto de sudor y una cierta sensación de ligereza, porque, probablemente, te habrán vaciado los bolsillos. Y si entiendes las letras de los sambas tradicionales, te vuelves a casa inmediatamente.

Nada diré de las delicias y asombros del sambódromo, porque ahi no me meten ni en cuba de caipiriña. Si las fallas no llenaron tus sanjosés, ni Disneyworld significó nada en tu juventud, el sambódromo te lo puedes saltar. En tonces ¿qué?, ¿qué es eso del  carnaval? Transgresión, lo es, sin duda. Pero, se plantea el europeo curioso, ¿qué es lo que queda por transgredir, en un Brasil, ya de por sí, predispuesto al exceso? Y ahí es donde hay que comenzar a desmontar prejuicios.

Los niveles de roce y comunión entre  los cuerpos de Río, nunca se dieron en  la  calle La Estafeta, doy fe de ello. Los de Pamplona, cualquiera lo sabe, no  somos así. Luego, hay un Brasil esencialmente conservador, ese que Europa desconoce, que se desmelena, sin medida ni remedio, en cuanto llega el  carnaval. Y la fusión de razas, esa tan admirada, en realidad se da, no solo, pero ahora. Es en estos días cuando los negros pastorean la  calle más que nunca, desbordan con sus caderas el control de los blancos y, como imaginan, los pocos ricos que han  quedado en la  ciudad se refugian en sus casas. Esto es de la clase  C para abajo. Los únicos médicos o  ingenieros que encuentra uno por la calle, saltando sin parar, eso sí, son los que vienen de Rotterdam.

Quizá la más exquisita celebración de la femineidad en su belleza, sensualidad, maternidad y demás facetas todas, ocurra en la Semana Santa sevillana. Lo digo para dar una idea, porque en Río es todo lo contrario. El carnaval  celebra al hombre. Ninguna fiesta es más de hombres que el  Carnaval brasileño, en el que hasta el  estereotipo de belleza femenino propuesto,  aparece condicionado por la ambigüedad que lo acerque al masculino. Es la S/Z de Roland Barthes, en un juego de papeles sexuales en el  que el protagonista es siempre el hombre, transgrediendo los límites de la corrección social que le obliga a asumir una rigidez que el  carnaval hace saltar en pedazos.

Sí, el carnaval es homo, pero no gay. Lo que requiere explicación. El gay que llega de Colonia dispuesto a vivir aventuras no acaba de encontrar lo que busca, que es, invariablemnente, lo que ya tiene en su fria tierra. Por lo que, en general, termina pagando lo que ni sabía que estaba comprando, a precios que nunca confesará de vuelta al trabajo.  Y es que  la  transgresión ocurre cuando menos se espera, es sutil y desenfadada, anónima y sin compromisos, surge al compás de la música, se ampara en el disfraz, se atrinchera en el alcohol, no busca ni procura satisfacciónn sexual, sino liberación social.

Como sé que la tesis, sin ser revolucionaria, causará cierta sorpresa, invoco en mi apoyo el número último de la brasileña revista Epoca, que trata el  tema extensamente, preguntándose porqué un carnaval tan así, da paso a un año de represión homosexual, que es el día a día brasileño.

En fin, podemos hablar de Darcy Ribeyro y sus investigaciones de antropología social, para encontrar, en muchas de las tribus indígenas que todavía pueblan Brasil, esa feliz fusión precivilizatoria, en la que cuerpos iguales se cruzan buscando, solo, placer.

Así que, irredentos seguidores y fans de Marisol, no pongais rumbo a Río, porque no vais a entender nada.

domingo, 13 de febrero de 2011

Goteras en el paraíso: la pobreza.

Si uno  ya tiene, de por sí, la  tendencia a andar subiendo a los palacios y bajando a las cabañas, Brasil puede ser la más  vertiginosa montaña rusa social del  planeta. En una misma velada te encuentras con los magnates que juran que sí, que llegó la hora de Brasil  porque, efectivamente, no  hay otro país igual en el mundo... en el  que  puedan forrarse como en el  suyo. Pero si  llegaste en taxi a esa atalaya social, el  conductor te puede haber relatado en el  camino cómo,  tras salir despedido por la  crisis norteamericana, regresó a  su Brasil natal  para disfrutar de los años del despegue que prometió The Economist. Pero ya ha tenido que volver a poner en marcha el periscopio para ver adónde le puede llevar el deseo de una vida más previsible,  que  aporte una cierta garantía al futuro de sus hijos, que también le preocupa,  lo  que no es  tan frecuente como ccreen  por el  gran sertón.

Dilma Roussef,  que no  sólo subió a palacios y bajó a cabañas, sino que también habita despachos tras frecuentar prisiones (transiciónes mucho más aleccionadoras, sin duda),  sabe de eso, e inauguró  su mandato comprometiéndose a erradicar la  miseria del paraíso brasilero.

Para alcanzar tan noble objetivo, lo  primero, claro, es reconocer su existencia, que la alegria natural  del señor Lula mantuvo bajo siete llaves, llegando a  hacer creer al propio  Zapatero que la  refundación verbal de la realidad bastaba para corregir la  terquedad de los números.

Según la CEPAL (organismo  de Naciones Unidas para el  estudio de la economía en la  zona) un tercio  de la  población de América Latina vive con menos de dos dólares por día. Brasil, excesivo  en todo, aporta a esa estadística 50 millones de personas. Una de las  principales economías del mundo no es capaz de ofrecer mejores condiciones de vida a su población. En las mismas Naciones Unidas, se fabrica el Índice de Desarrollo Humano, que no da muchas alegrias a este país, tan bendecido por dios como castigado  por los hombres y a la espera de que lo salven las mujeres. Brasil ocupa el  puesto 73, lejos de México (56) o de Perú (63). Para tranquiliddad de los irreductibles de  Zapatero, informamos  que España ocupa el  puesto 20, lo que no está mal; oiga: Nueva Zalanda ocupa el 3 y ¿quién se quiere ir con los kiwis?

En España nos encanta mesarnos los  cabellos y hacernos  las  víctimas ante conocidos y desconocidos, pero decidir quién es pobre y quién no, es una cuestión que trae de cabeza a  la inteligente y enérgica  señora Roussef. Ya no es solo cuestión de comer o no comer, también hay que considerar pobre a la  persona que no accede a unas condiciones dignas de higiene, de transporte, de acceso a la  educación, también al  disfrute de su tiempo libre, a quien no  dispone de un habitáculo decente, o  de ropas adecuadas. Así que el  concepto de pobreza no es privado, sino muy público. Ocupar un espacio  digno, con acceso  a servicios comunes que ayuden al  ciudadano en la  construcción de su dignidad personal, es labor del  estado, y la presidenta quiere saber cuanto antes cuanto  tiene que gastar en ese capítulo para cubrir las necesidades básicas de Brasil. Consciente de la resistencia que esa actitud va a provocar entre los poderes fácticos del país.

Porque las fortunas que jaleaban a Lula no  están dispuestas a consentir ninguna aventura fiscal seria,  de esas que terminan en una redistribución de la  renta. El país ya está bendecido por dios; al que él se la dio, que Dilma se la conserve. Y así es muy difícil seguir adelante. Unas 5.000 familias controlan la mitad de la  riqueza nacional. Tras una ligera investigación personal, sin ánimo ni rigor estadístico alguno,he comprobado que ninguna de esas familias  se manifiesta partidaria de repartir su renta ni siquiera con los  trabajadores  que la hacen posible. Ya con los  desheredados de la  tierra, ni se cuestiona. Porque, como en otros muchos sitios, si el objetivo es hacer dinero, el camino más corto, en Brasil,  no es  trabajar.

 A quienes éramos demasiado ignorantes para valorar en su justa medida los Pactos de la Moncloa, o a quiénes, estando  hartos de Zapatero, nos pasó por alto la importancia del logro  que supone solucionar el  problema de las pensiones, puedo adelantar en primicia, que la señóra Roussef no  duerme, pensando  en su  desafío: generar un diálogo  nacional capaz de establecer un pacto  político  que comprometa a todos los sectores de la sociedad brasileña en un nuevo impulso capaz de erradicar la pobreza.

Un país que tiene prácticamente garantizada la  paz, sin ningún problema de segregación territorial ni  conflictos con sus vecinos, de una cohesión cultural, en torno a su lengua, sin fisuras, tiene que ser capaz de promover la solidaridad que universalice servicios públicos de calidad. Para eso se requiere una inversión pública que extienda la red de alcantarillado y mejore la salud de tantas comunidades en las que el  dengue,  por ejemplo, ni es noticia; que mejore el  transporte público (en Sao Paulo, ir de "móstoles" al  "centro" puede tardar dos  horas ¡y costar el doble de lo que cobran los cercanías madrileños!); lo mismo en la educación, insistimos mucho en la salud y también en ese aglutinador social que es la cultura, con una misión histórica en este país, que puede romper moldes  en otros. Porque mienttras Europa debate sin descanso el ocioso tema de las industrias creativas, aquí se crean redes de producción y distribución musical que desafían cualquier procedimiento establecidoo  hasta la  fecha.

En el  siglo XIX la historia repetía en comedia lo  que había  sido tragedia. En el XXI ha cambiado algo, la historia se repite manteniendo  los  tonos, solo que  cobrando  un 10  o un 15% más . De aquellos españoles, que descubrían Prada como otra de las bellas  artes y accedían a ese nivel simbólico cobrando millonadas por tortillas de patata deconstruidas, o por sillas horrorosamente tapizadas, o por cualquier otra futesa; a estos brasileños, que se  afanan en las mismas bajas pasiones, con los precios ligeramentte más altos, no  han transcurrido los años siuficientes para extraer enseñanzas y aprendizajes. Solo se repiten los errores.

 Pero Europa tiene un suelo, bien que nos  revolcamos en él; en Brasil la  caída puede ser, ya lo fue antes, simplemente libre. Las circunstancias climáticas añaden amenazas, como vimos muy recientemente. La obsesión por el etanol desvía el maíz  de la alimentación a la producción de energía. La comida sube todos los días,  el descubrimiento  que las clases casi medias han hecho de los  valores energéticos  de la  carne, está  poniendo el picadillo a precio de solomillo de buey de Kobe.

Intentando escapar a la  demagogia fácil y al sermón social blando, una sociedad que genera estos extremos de bienvivir y desgracia, no es una sociedad exitosa. Puede ser una sociedad plenamente integrada con la  naturaleza que la rodea,  en  mimesis perfecta con ella y desarrollando sus principios filosóficos más extendidos, tipo "el que venga detrás que arree".  Pero  no  es la sociedad que, por humana, ha de estar impregnada de valores humanistas. Tan simple como intentar evitar la  explotación de los unos por los otros,  o al  menos paliar sus efectos. De verdad que el  mundo está  como para echarse de vez en cuando a la  calle y protestar,  y estoy convencido de que ni el matrimonio  gay ni la disolución de la familia española son fenómenos que estén  amenazando su continuidad.  A ver si dirijimos el foco hacia lo importante de una vez.

Imágenes de Claudia Jaguaribe, brillante fotógrafa y mujer brasileña.

martes, 25 de enero de 2011

...el hombre acecha...

La tremenda discusión abierta en torno a la ley de la abuela de la ministra de la  cultura, además  de gruesos cadáveres en el camino, ha dejado  un enorme interrogante abierto en el alma de los ciudadanos curiosos. ¿Esos  creadores de cámara y corte, que se pronuncian sin tasa ni control sobre lo que conocen y lo que no, sirven de algo?, ¿la cultura española...?... , ¿la cultura española... por dónde anda?

Quienes salieron en tromba a la  procura de sus derechos de reproducción, ¿sienten alguna obligación de producir? Vamos, que si  hay una continuidad creativa en nuestro panorama cultural más visible, en el oficial, en el del Ministerio y El País, y El Mundo y Tele 5, que para el caso.... Porque, adelantémoslo ya, en el  otro, en el  ejercicio diario de quiénes no pasan tanto tiempo en el  escaparate, es claro  que la hay.

El mismo Muñoz Molina se lo planteaba recientemente, aún sin poder dejar de celebrar la  cantidad de cosas que ha aprendido (creo  recordar que eran 10: ¡oye...!). Que si valora más la literatura de creación o la de divulgación y pensamiento, y ahora se inclina por esta última. No  deja de ser loable, como estrategia de supervivencia, que al comprobar que nadie aguanta tus ficciones les enjaretes sus realidades, de las que siempre permanecerán cautivos. A cambio del aura creativa del gran novelista -que es lo  que de verdad mola: ¡ahhh!, ¡Auster!- puedes exhibir, sin problemas, algún tipo de investidura como lider de opinión y pastor de hombres (las mujeres no siguen a cualquiera).  Hecha ya segunda piel,  trabajo bien remunerado en El País, vas a encontrar seguro. Claro que ¿quién se acordará de ellos cuando estén muertos... discreto Don Baltasar de Gracián?

Pero no  carguemos  toda la culpa sobre Antonio Muñoz Molina o Rosa Montero y afines, no  son sus frágiles hombros  para llevar una carga que abruma a Occidente todo. Disociar pensamiento y creación nos ha llevado a una distribución profesional  rentable  en términos laborales, con tanto  especialista en cualquier cosa, pero cada vez menos interesante. Occidente observa y Muñoz Molina lo cuenta, un puro  ejercicio periodístico, así no ponemos la pica en ningún lado.

La celebrada unión de lógica y poesía que vertebra los Díálogos de Platón no corre por las  venas de nuestros gerifaltes culturales de hogaño. Y es ahora cuando más necesitados estamos de referencias válidas, ahora que somos capaces de oir el silencio a nuestro alrededor, cuando los ruidos de la fiesta se pierden ya en la lejanía. Cuando  vemos que nuestros deseos no quedaron satisfechos y  nos sentimos frustrados por el tiempo perdido en la adoraciónn al becerro de oro y  en la  contemplación de la tasación que hicieron de nuestro piso. O,  peor, cuando vemos que los deseos cumplidos nos llevaron pronto al hastío, porque las plegarias que el becerro atiende no son las que más necesitamos concretar.

Prescindiendo del prurito nacionalistoide por  evaluar la proyección internacional  de nuestra cultura, que  tantas páginas de periódico llena, ¿de qué nos sirve nuestra cultura? Pues quizá por zonas poco transitadas, pero de ella siguen saliendo admoniciones iluminadoras, como las de Séneca, Quevedo, Gracian, Unamuno y tantos otros entre medio.  Vean esto, de  Chantall Maillard: "¡Muéstrame tu dios y te diré cual es el color de tu miedo!":  no  me digan que no da como para pasar la tarde. Creimos  tanto en el poder que ahora no sabemos recuperar la  senda del sentimiento. Hicimos del éxito nuestra razón de vivir, ¿y ahora?: el miedo a no saber vivir sin éxito.   Chantal Maillard nos ayuda a observar, a analizar... y a observarnos y analizarnos como objetos de ese mismo esfuerzo.  Quizá los  resultados no llenen páginas de periódicos,  pero  sí nuestras vidas de sabiduría y disfrute.

Entre los muros sin piedad que conforman la ciudad de Sao Paulo, de repente, la amnistía de una plaza, algún lugar lujurioso de verde, donde disfrutar de un poco de sombra. Hoy la ciudad cumple años y lo celebra de manera informal. En una de esas plazas,  con humildad y sosiego pernambucanos, aparece Naná Vasconcelos con sus músicos, para improvisar una sesión de su inigualable  percusión. Los paulistanos se van arremolinnando a su alrededor, sin que nadie pregunte aquello de "¿a qué hora empieza?". Empezará cuando empiece y  la  espera forma parte de la excitación del momento. El concejal de cultura local también toma su lugar en el suelo sin que a nadie se le ocurra comentar aquello otro de "pero ¡qué  sencillo es!". Porque, además de organizar los acontecimientos que celebran la efeméride, ¡al concejal de cultura "le gusta" Naná Vasconcelos! y se va a quedar todo el concierto;  junto  con otro colega, Gilberto Gil,  que también sabe disfrutar de la música,  y los que  andamos por allá. Naná  Vasconcelos sale, comienza a probar los distintos instrumentos de percusión que utilizará en el concierto y sin ningún alarde, comienza su labor. La concentración es máxima y a los pocos minutos, el ritmo entra en los cuerpos que  dejan de escuchar para hacerse música,  descansa el alma, queda el pensamiento en suspenso y el cuerpo es música.

Si bajamos el volumen de quienes nos admonizan,  aconsejan, prometen y amenazan, escucharemos a quienes solo quieren ser con nosotros:  tiempo y espacio. Nosotros, todos, porque la única verdad es que, en la  tormenta y en la calma, en la riqueza y en la adversidad, el hombre acecha (como la mujer, para el caso...).

PD: La foto de Sao Paulo es de Ricardo Alcaide, que prepara su próxima exposición en la ciudad.  Y Naná Vasconcelos acaba de sacar un disco: "Ideas".

sábado, 15 de enero de 2011

....llegaron las lluvias a Brasil, embarrando el legado de Lula.

Como todos los años, las llluvias de verano  sacudieron el paisaje de unas cuantas ciudades brasileñas.  A  las habituales inundaciones, derrumbamientos, desalojos, colapsos de tráfico,  asaltos, robos  y desquiciamiento de los ciudadanos, este año se añadió un número  de víctimas mortales muy difícil de asimilar. Sobre todo para una sociedad que comenzaba a percibirse invulnerable, al haber dejado de mirar para las zonas menos  fotogénicas de su realidad . Y en Brasil, más que en ningún otro sitio, la  imagen crea la  realidad.

El informalismo urbanístico brasileño, tan ponderado por algunosw arquitectos papanatas de Europa (solo a cambio de un pasaje aéreo para contarlo bien cerca de las favelas), con su corolario de falta de planificación y ordenación territorial,  corrupción de las autoridades municipales que permiten cualquier cosa en cualquier momento  de cualquier sitio; y,  sobre todo, el  abandono a su  suerte de la clase más baja por parte de las élites intelectuales y económicas del país:  esos son los  causantes de la tragedia... de todos los años, en mayor o menor magnitud.

Sobrecoge ver en televisión las connsecuencias de la  tardanza, incompetencia y esccasez de la  ayuda que se brinda a las víctimas. Los helicópteros bordonean por el cielo de Sao Paulo,  llevando de  acá para allá  a las  hacendosas abejas que liban sus fluidos  financieros y fecundan  las cajas fuertes de los rascacielos, perfectamente a salvo de las contingencias climáticas. Ninguno de esos helicópteros ha perdido media de sus lucrativas jornadas para reforzar el magro contingente de medios que la administración del país trata de armar contra la  calamidad. ¿Demagogia? No si se  aplica la crítica a momentos puntuales, en los que salvar o no salvar vidas es cuestión de minutos. Los que ha tardado el  barro en anegar el optimista legado del expresidente Lula.

El tránsito de 20 millones de personas de la más  absoluta miseria a la pobreza, ha ccreado  una fuerza de consumo que acciona los  resortes industriales y financieros del país.  Pero ese "consumo para el pueblo pero sin el pueblo" solo evidencia la sideral distancia a la que se encuentra ese pueblo de las clases mejor situadas del país; y, sobre todo, el abismo de ignorancia en el  que sigue sumido sin  que ninguan forma de activismo civil sea imaginable y menos aún ninguna acción educativa estatal eficaz, regeneradora y a  la altura de los tiempos que la propaganda oficial dice haber alcanzado ya.

Los brasileños, fue la aventura tardo-seudo-colonial de Lula, colaboraron muy activamentte en el remedio de la tragedia que supuso el terremoto  de Haití. Las imágenes de su aniversario se confunden en las televisiones locales con las de las ciudades anegadas. Que no es posible  confundir con las que llegan de Australia, por más similares que sean los fenómenos  atmosfériicos que las ocasionaron. La  secretaria del organismo  de Naciones Unidas para la prevención y seguimiento de catástrofes naturales, ha sido terminante al  descalificar la  prevención y el seguimiento de tales fennómenos en el gigante sudamericano.

¡Pobre Brasil, tan cerca de Haití y tan lejos de Australia!