El que se ha armado Obama, don Barack, en su visita a la capital carioca. Y es que Brasil no es para principiantes...
Vino don Barack convencido, como siempre, de que también entre los impresionantes morros de Río de Janeiro, acechaba la historia; esta vez, para establecer una nueva americanidad que, basada en la igualdad entre países, la proximidad y la buena voluntad, proporcione algún descanso a los planificadores económmicos USA, frente a los resolutivos chinos que, sin molestarse en aprender samba, ni en hablar tontamente de fútbol, ni en traerse a sus mujeres y niños de paseo, acaban con el zurrón lleno.
Brasil puede con todo y cuando uno se rinde a esa evidencia y se deja llevar, comienza a disfrutar. Por ejemplo, del susto que se han llevado los americanos, con este viaje de su presidente. Para empezar, eran los presidentes brasileños los que, conseguidas las credenciales, corrían a hacer cola en la Casa Blanca para pedir audiencia. No así Dilma, que desde el principio y sin los mohines seudoizquierdosos de su antecesor, ni complejo de ninguna clase, incluyó a Obama en su plan de márketing, y ¡vaya si le ha sacado partido a la visita! Obama venía como Shakira: a llenar estadios, hacer caridad y repartir sonrisas. Pero Dilma le tenía preparada una agenda de trabajo sin concesiones, falsas complacencias, ni gestos inútiles.
Para empezar, la almendra del viaje ha sido el paso por Brasilia, como no podía ser de otra manera, pero los americanos intentaban evitar. Y ahí Niemeyer, y la configuración que dio al palacio de Planalto, impide cualquier frivolidad. Por la rampa de acceso hasta la presidenta, solo circulan los que vienen a trabajar, así que Michele y las niñas, tan monas, se tuvieron que esperar a que la señora Dilma se dignara dirigirles un par de sonrisas, bien gauchas (Dilma Roussef es de Puerto Alegre), como diciendo: y a estas ¿a qué las traes? No se ha vuelto a saber de doña Michelle que, desilusionada, prácticamente ni se ha cambiado de vestido en todo el viaje.
Don Barack venía a hacer una oferta de cazabombarderos que Dilma no podría rechazar, pero la ha rechazado. No afloja, tampoco, el americano: Dan Restrepo (su asesor de cintura americana para abajo, o sea, del Canal de Panamá a la Tierra del Fuego) todavía anda retorciendo la sintaxis para explicar que, en ese caso, no hay apoyo a Brasil en su ambición de formar parte del Consejo de Seguridad de la ONU, aunque resulte obvio que de todo se pueda hablar, y también que lo que hoy no es, mañana puede ser.
La señora Roussef ha sido aceptada por los brasileños con cotas de popularidad iguales s las de Lula en sus primeros tres meses. Y lo consigue sin dar tres cuartos al pregonero: no sube los intereses para luchar contra la inflación, pero reduce la inversión pública para desesperación de su partido, y aunque aumenta el salario mínimo, no la hace en la cantidad que pedían los sindicatos. Así que a Lula solo le queda el recurso al pataleo: no ha querido ir a comer con este señór tan simpático, a pesar de que Dilma invitó a todos los expresidentes. En esa línea, también ha prohibido al Secretario de Movimientos Sociales de su partido, Wanderley Silva, que montara ninguna manifa a Obama con estridencias maoistas y sandeces nacionalistas varias. Todos quietos, que ella controla y en ella confían ya los brasileños. Así que sus actuaciones resultan contundentes y convincentes.
Y si los americanos quieren parte del iguazú petrolífero descubierto frente a Río, precisamente, pues ya pueden ir olvidándose de su subvencionado athanol de maiz y comprando el brasileño de caña. Con la misma firmeza ha respondido Obama, desde luego, pero eso ya se esperaba. Agenda de trabajo, además, con final anticlimático, porque no se ha querido dar rueda de prensa conjunta; que a doña Dilma, en el fondo, lo de Libia tampoco le gusta, aunque se haya abstenido en la votación del Consejo de Seguridad. Y Lula comiéndose las uñas en su pueblo.
La sombra de Dilma no será alargada, pero como ensanchada sí que lo es , desde luego, llega a Río. Donde manda Sergio Cabral, gran amigo y colaborador de Lula y que, como buen lehendakari, se había montado una orgía de representatividad internacional... que la sombra de Dilma no ha dejado brillar. Obama quería anunciar una nueva era para las américas en la plaza de Río, nada menos, ante tropecientos mil brasileños enfervorizados, que el gobernador Cabral parecía dispuesto a agenciar. Pues de eso nada: al teatro, en una recepción bastante cursi, llena de actrices y actores (aunque no he visto a Willy Toledo reivindicando nada: ¿cuestión de seguridad, de agenda?) Antes de eso, la visita a la favela Ciudad de Dios también ha sido bastante sosa y, sobre todo, breve. Así que el encuentro de Obama con el pueblo brasileño tendrá que esperar, sin que el pueblo brasileño haya dado muestra alguna de impaciencia. La agenda cultural que proponían los americanos ha quuedado oscurecida por la mucho más económica de Dilma.
Y no sé si con tanto cambio e imprevisto, Obama habrá tenido que rehacer su dicurso en el famoso Air Force One, de camino a Río, pero le ha salido bien flaco, como dicen los brasileños. Dedicar tanto espacio a la manida canción de Jorge Bem, con sus bendiciones divinas y bellezas naturales, ya huele. Y muy forzado el paralelismo entre los estados unidos de América y de Brasil. Hasta Colón, sin nombrarlo, se ha remontado el prócer y, desde entonces, todo no ha sido otra cosa sino un asombroso y sostenido esfuerzo hacia la libertad de los pueblos americanos. Con ligeros contratiempos dictatoriales, pero aquí está Brasil para dar ejemplo a los árabes sobre cómo se libra uno de sátrapas indeseables, sin morir en el intento. Y ¡cómo ha celebrado don Barack la concesión a Río de las olimpiadas! Sobre todo, no ha ocultado, porque aspira a que sean los americanos los que organicenn el tinglado. Pero ahí sí le aseguro yo, señor Obama, que ha metido su bien torneada pierna: no es Brasil un país al que se pueda venir a enseñar nada.
Mientras, Dilma pasaba el domingo en Brasilia, con su madre, la tía y la hija, con las que vive, haciéndose todas las uñas para no tener que pensar en esas futesas durante la semana, y de paso, comentando la poca gracia de esa Michelle , que a qué habrá venido.
El hablador ejercita la capacidad que lo entitula aplicándola a la realidad que le rodea, asalta, sueña o, hasta, celebra. Se cree "donado" para ello, aunque no asumiría la responsabilidad de la huella indeleble, sí el burbujeo virtual y pasajero de las palabras. Y lo hace desde una perspectiva picaresca, sin esperanza ni ambición: pero es que hay que vivir...
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domingo, 20 de marzo de 2011
domingo, 6 de marzo de 2011
...é carnaval!
En lugares muy diversos del mundo es carnaval, en Brasil es otra cosa. Bueno, la misma, pero sin perder el tiempo, que a lo que vengo, vengo.
No hay una ciudad más hermosa en la tierra que Río de Janeiro, ni más sudamericana. Verdaderamente, Río concentra las esencias del imaginario atribuido a Sudamérica. Sus playas, los morros desafiantes, la vegetación excesiva surgiendo entre casas y coches, un cementerio aparece de repente, bellísimo, el centro torrencial y desordenado, las cuestas sin piedad de Santa Teresa, palmeras y coqueros frente al mar, buganvillas desatadas, y esa dudosa simpatía de sus habitantes.
Encuentras uno de los blocos en que se organizan los desfiles de carnaval, y el mundo se para. A cualquier hora del día o de la noche. No hay un plan de tráfico previo. Al menos el Ayuntamiento no lo hace público. Así que lo mismo puedes disfrutar de la música desenfrenada en un mar de caipiriña, que observar la alegria de los otros desde un taxi, jurando en arameo mientras el taxímetro avanza implacable, también a ritmo de samba. Pero ¿qué necesidad hay de trasladarse a otro lugar cuando la música y el baile inundan nuestro entorno? Así que a disfrutar. ¡Es carnaval!
Tengo al turismo por una de las más terribles plagas que acosan a la humanidad, desde hace unos veinte años, aunque nadie quiera darse cuenta de ello. También la crisis nos empeñábamos en ignorarla, así que preparémonos. Y el turismo en carnaval es voyeur o, peor, exhibicionista, caro y, además, frustrante.
Invadir una ciudad en su fiesta mayor tiene algo de indecente. La colectividad se suelta el pelo y es posible que la abuela fume, la mamá se tome una copa de más, el niño haga streptease y el padre, el padre es capaz de vestirse de mujer. Y no tenemos porqué ver todo eso, los que no pertenecemos al lugar. Igual en Sanfermines, que en la Feria de Sevilla: quienes disfrutan son los lugareños, porque son los que saben qué es exactamente lo que están transgrediendo, y ese es el sentido último de la fiesta.
Objetivamente, Río en carnaval es difícilmente soportable, si no eres carioca de nacimiento y profesión. O de Hamburgo, por oposición y contraste, que como no se enteran de nada, pues están tan a gusto creyéndose la mar de integrados. Los momentos de concentración en torno a la música impiden el movimiento, seis horas puede ser la media de tiempo invertida para ver un momento de samba de unos 30 minutos. Pasa el camionazo atronando la calle y te deja los tímpanos rotos, los pies molidos a pisotones, el cuerpo cubierto de sudor y una cierta sensación de ligereza, porque, probablemente, te habrán vaciado los bolsillos. Y si entiendes las letras de los sambas tradicionales, te vuelves a casa inmediatamente.
Nada diré de las delicias y asombros del sambódromo, porque ahi no me meten ni en cuba de caipiriña. Si las fallas no llenaron tus sanjosés, ni Disneyworld significó nada en tu juventud, el sambódromo te lo puedes saltar. En tonces ¿qué?, ¿qué es eso del carnaval? Transgresión, lo es, sin duda. Pero, se plantea el europeo curioso, ¿qué es lo que queda por transgredir, en un Brasil, ya de por sí, predispuesto al exceso? Y ahí es donde hay que comenzar a desmontar prejuicios.
Los niveles de roce y comunión entre los cuerpos de Río, nunca se dieron en la calle La Estafeta, doy fe de ello. Los de Pamplona, cualquiera lo sabe, no somos así. Luego, hay un Brasil esencialmente conservador, ese que Europa desconoce, que se desmelena, sin medida ni remedio, en cuanto llega el carnaval. Y la fusión de razas, esa tan admirada, en realidad se da, no solo, pero ahora. Es en estos días cuando los negros pastorean la calle más que nunca, desbordan con sus caderas el control de los blancos y, como imaginan, los pocos ricos que han quedado en la ciudad se refugian en sus casas. Esto es de la clase C para abajo. Los únicos médicos o ingenieros que encuentra uno por la calle, saltando sin parar, eso sí, son los que vienen de Rotterdam.
Quizá la más exquisita celebración de la femineidad en su belleza, sensualidad, maternidad y demás facetas todas, ocurra en la Semana Santa sevillana. Lo digo para dar una idea, porque en Río es todo lo contrario. El carnaval celebra al hombre. Ninguna fiesta es más de hombres que el Carnaval brasileño, en el que hasta el estereotipo de belleza femenino propuesto, aparece condicionado por la ambigüedad que lo acerque al masculino. Es la S/Z de Roland Barthes, en un juego de papeles sexuales en el que el protagonista es siempre el hombre, transgrediendo los límites de la corrección social que le obliga a asumir una rigidez que el carnaval hace saltar en pedazos.
Sí, el carnaval es homo, pero no gay. Lo que requiere explicación. El gay que llega de Colonia dispuesto a vivir aventuras no acaba de encontrar lo que busca, que es, invariablemnente, lo que ya tiene en su fria tierra. Por lo que, en general, termina pagando lo que ni sabía que estaba comprando, a precios que nunca confesará de vuelta al trabajo. Y es que la transgresión ocurre cuando menos se espera, es sutil y desenfadada, anónima y sin compromisos, surge al compás de la música, se ampara en el disfraz, se atrinchera en el alcohol, no busca ni procura satisfacciónn sexual, sino liberación social.
Como sé que la tesis, sin ser revolucionaria, causará cierta sorpresa, invoco en mi apoyo el número último de la brasileña revista Epoca, que trata el tema extensamente, preguntándose porqué un carnaval tan así, da paso a un año de represión homosexual, que es el día a día brasileño.
En fin, podemos hablar de Darcy Ribeyro y sus investigaciones de antropología social, para encontrar, en muchas de las tribus indígenas que todavía pueblan Brasil, esa feliz fusión precivilizatoria, en la que cuerpos iguales se cruzan buscando, solo, placer.
Así que, irredentos seguidores y fans de Marisol, no pongais rumbo a Río, porque no vais a entender nada.
No hay una ciudad más hermosa en la tierra que Río de Janeiro, ni más sudamericana. Verdaderamente, Río concentra las esencias del imaginario atribuido a Sudamérica. Sus playas, los morros desafiantes, la vegetación excesiva surgiendo entre casas y coches, un cementerio aparece de repente, bellísimo, el centro torrencial y desordenado, las cuestas sin piedad de Santa Teresa, palmeras y coqueros frente al mar, buganvillas desatadas, y esa dudosa simpatía de sus habitantes.
Encuentras uno de los blocos en que se organizan los desfiles de carnaval, y el mundo se para. A cualquier hora del día o de la noche. No hay un plan de tráfico previo. Al menos el Ayuntamiento no lo hace público. Así que lo mismo puedes disfrutar de la música desenfrenada en un mar de caipiriña, que observar la alegria de los otros desde un taxi, jurando en arameo mientras el taxímetro avanza implacable, también a ritmo de samba. Pero ¿qué necesidad hay de trasladarse a otro lugar cuando la música y el baile inundan nuestro entorno? Así que a disfrutar. ¡Es carnaval!
Tengo al turismo por una de las más terribles plagas que acosan a la humanidad, desde hace unos veinte años, aunque nadie quiera darse cuenta de ello. También la crisis nos empeñábamos en ignorarla, así que preparémonos. Y el turismo en carnaval es voyeur o, peor, exhibicionista, caro y, además, frustrante.
Invadir una ciudad en su fiesta mayor tiene algo de indecente. La colectividad se suelta el pelo y es posible que la abuela fume, la mamá se tome una copa de más, el niño haga streptease y el padre, el padre es capaz de vestirse de mujer. Y no tenemos porqué ver todo eso, los que no pertenecemos al lugar. Igual en Sanfermines, que en la Feria de Sevilla: quienes disfrutan son los lugareños, porque son los que saben qué es exactamente lo que están transgrediendo, y ese es el sentido último de la fiesta.
Objetivamente, Río en carnaval es difícilmente soportable, si no eres carioca de nacimiento y profesión. O de Hamburgo, por oposición y contraste, que como no se enteran de nada, pues están tan a gusto creyéndose la mar de integrados. Los momentos de concentración en torno a la música impiden el movimiento, seis horas puede ser la media de tiempo invertida para ver un momento de samba de unos 30 minutos. Pasa el camionazo atronando la calle y te deja los tímpanos rotos, los pies molidos a pisotones, el cuerpo cubierto de sudor y una cierta sensación de ligereza, porque, probablemente, te habrán vaciado los bolsillos. Y si entiendes las letras de los sambas tradicionales, te vuelves a casa inmediatamente.Nada diré de las delicias y asombros del sambódromo, porque ahi no me meten ni en cuba de caipiriña. Si las fallas no llenaron tus sanjosés, ni Disneyworld significó nada en tu juventud, el sambódromo te lo puedes saltar. En tonces ¿qué?, ¿qué es eso del carnaval? Transgresión, lo es, sin duda. Pero, se plantea el europeo curioso, ¿qué es lo que queda por transgredir, en un Brasil, ya de por sí, predispuesto al exceso? Y ahí es donde hay que comenzar a desmontar prejuicios.
Los niveles de roce y comunión entre los cuerpos de Río, nunca se dieron en la calle La Estafeta, doy fe de ello. Los de Pamplona, cualquiera lo sabe, no somos así. Luego, hay un Brasil esencialmente conservador, ese que Europa desconoce, que se desmelena, sin medida ni remedio, en cuanto llega el carnaval. Y la fusión de razas, esa tan admirada, en realidad se da, no solo, pero ahora. Es en estos días cuando los negros pastorean la calle más que nunca, desbordan con sus caderas el control de los blancos y, como imaginan, los pocos ricos que han quedado en la ciudad se refugian en sus casas. Esto es de la clase C para abajo. Los únicos médicos o ingenieros que encuentra uno por la calle, saltando sin parar, eso sí, son los que vienen de Rotterdam.
Quizá la más exquisita celebración de la femineidad en su belleza, sensualidad, maternidad y demás facetas todas, ocurra en la Semana Santa sevillana. Lo digo para dar una idea, porque en Río es todo lo contrario. El carnaval celebra al hombre. Ninguna fiesta es más de hombres que el Carnaval brasileño, en el que hasta el estereotipo de belleza femenino propuesto, aparece condicionado por la ambigüedad que lo acerque al masculino. Es la S/Z de Roland Barthes, en un juego de papeles sexuales en el que el protagonista es siempre el hombre, transgrediendo los límites de la corrección social que le obliga a asumir una rigidez que el carnaval hace saltar en pedazos.
Sí, el carnaval es homo, pero no gay. Lo que requiere explicación. El gay que llega de Colonia dispuesto a vivir aventuras no acaba de encontrar lo que busca, que es, invariablemnente, lo que ya tiene en su fria tierra. Por lo que, en general, termina pagando lo que ni sabía que estaba comprando, a precios que nunca confesará de vuelta al trabajo. Y es que la transgresión ocurre cuando menos se espera, es sutil y desenfadada, anónima y sin compromisos, surge al compás de la música, se ampara en el disfraz, se atrinchera en el alcohol, no busca ni procura satisfacciónn sexual, sino liberación social.
Como sé que la tesis, sin ser revolucionaria, causará cierta sorpresa, invoco en mi apoyo el número último de la brasileña revista Epoca, que trata el tema extensamente, preguntándose porqué un carnaval tan así, da paso a un año de represión homosexual, que es el día a día brasileño.
En fin, podemos hablar de Darcy Ribeyro y sus investigaciones de antropología social, para encontrar, en muchas de las tribus indígenas que todavía pueblan Brasil, esa feliz fusión precivilizatoria, en la que cuerpos iguales se cruzan buscando, solo, placer.
Así que, irredentos seguidores y fans de Marisol, no pongais rumbo a Río, porque no vais a entender nada.
domingo, 13 de febrero de 2011
Goteras en el paraíso: la pobreza.
Si uno ya tiene, de por sí, la tendencia a andar subiendo a los palacios y bajando a las cabañas, Brasil puede ser la más vertiginosa montaña rusa social del planeta. En una misma velada te encuentras con los magnates que juran que sí, que llegó la hora de Brasil porque, efectivamente, no hay otro país igual en el mundo... en el que puedan forrarse como en el suyo. Pero si llegaste en taxi a esa atalaya social, el conductor te puede haber relatado en el camino cómo, tras salir despedido por la crisis norteamericana, regresó a su Brasil natal para disfrutar de los años del despegue que prometió The Economist. Pero ya ha tenido que volver a poner en marcha el periscopio para ver adónde le puede llevar el deseo de una vida más previsible, que aporte una cierta garantía al futuro de sus hijos, que también le preocupa, lo que no es tan frecuente como ccreen por el gran sertón.
Dilma Roussef, que no sólo subió a palacios y bajó a cabañas, sino que también habita despachos tras frecuentar prisiones (transiciónes mucho más aleccionadoras, sin duda), sabe de eso, e inauguró su mandato comprometiéndose a erradicar la miseria del paraíso brasilero.
Para alcanzar tan noble objetivo, lo primero, claro, es reconocer su existencia, que la alegria natural del señor Lula mantuvo bajo siete llaves, llegando a hacer creer al propio Zapatero que la refundación verbal de la realidad bastaba para corregir la terquedad de los números.
Según la CEPAL (organismo de Naciones Unidas para el estudio de la economía en la zona) un tercio de la población de América Latina vive con menos de dos dólares por día. Brasil, excesivo en todo, aporta a esa estadística 50 millones de personas. Una de las principales economías del mundo no es capaz de ofrecer mejores condiciones de vida a su población. En las mismas Naciones Unidas, se fabrica el Índice de Desarrollo Humano, que no da muchas alegrias a este país, tan bendecido por dios como castigado por los hombres y a la espera de que lo salven las mujeres. Brasil ocupa el puesto 73, lejos de México (56) o de Perú (63). Para tranquiliddad de los irreductibles de Zapatero, informamos que España ocupa el puesto 20, lo que no está mal; oiga: Nueva Zalanda ocupa el 3 y ¿quién se quiere ir con los kiwis?
En España nos encanta mesarnos los cabellos y hacernos las víctimas ante conocidos y desconocidos, pero decidir quién es pobre y quién no, es una cuestión que trae de cabeza a la inteligente y enérgica señora Roussef. Ya no es solo cuestión de comer o no comer, también hay que considerar pobre a la persona que no accede a unas condiciones dignas de higiene, de transporte, de acceso a la educación, también al disfrute de su tiempo libre, a quien no dispone de un habitáculo decente, o de ropas adecuadas. Así que el concepto de pobreza no es privado, sino muy público. Ocupar un espacio digno, con acceso a servicios comunes que ayuden al ciudadano en la construcción de su dignidad personal, es labor del estado, y la presidenta quiere saber cuanto antes cuanto tiene que gastar en ese capítulo para cubrir las necesidades básicas de Brasil. Consciente de la resistencia que esa actitud va a provocar entre los poderes fácticos del país.
Porque las fortunas que jaleaban a Lula no están dispuestas a consentir ninguna aventura fiscal seria, de esas que terminan en una redistribución de la renta. El país ya está bendecido por dios; al que él se la dio, que Dilma se la conserve. Y así es muy difícil seguir adelante. Unas 5.000 familias controlan la mitad de la riqueza nacional. Tras una ligera investigación personal, sin ánimo ni rigor estadístico alguno,he comprobado que ninguna de esas familias se manifiesta partidaria de repartir su renta ni siquiera con los trabajadores que la hacen posible. Ya con los desheredados de la tierra, ni se cuestiona. Porque, como en otros muchos sitios, si el objetivo es hacer dinero, el camino más corto, en Brasil, no es trabajar.
A quienes éramos demasiado ignorantes para valorar en su justa medida los Pactos de la Moncloa, o a quiénes, estando hartos de Zapatero, nos pasó por alto la importancia del logro que supone solucionar el problema de las pensiones, puedo adelantar en primicia, que la señóra Roussef no duerme, pensando en su desafío: generar un diálogo nacional capaz de establecer un pacto político que comprometa a todos los sectores de la sociedad brasileña en un nuevo impulso capaz de erradicar la pobreza.
Un país que tiene prácticamente garantizada la paz, sin ningún problema de segregación territorial ni conflictos con sus vecinos, de una cohesión cultural, en torno a su lengua, sin fisuras, tiene que ser capaz de promover la solidaridad que universalice servicios públicos de calidad. Para eso se requiere una inversión pública que extienda la red de alcantarillado y mejore la salud de tantas comunidades en las que el dengue, por ejemplo, ni es noticia; que mejore el transporte público (en Sao Paulo, ir de "móstoles" al "centro" puede tardar dos horas ¡y costar el doble de lo que cobran los cercanías madrileños!); lo mismo en la educación, insistimos mucho en la salud y también en ese aglutinador social que es la cultura, con una misión histórica en este país, que puede romper moldes en otros. Porque mienttras Europa debate sin descanso el ocioso tema de las industrias creativas, aquí se crean redes de producción y distribución musical que desafían cualquier procedimiento establecidoo hasta la fecha.
En el siglo XIX la historia repetía en comedia lo que había sido tragedia. En el XXI ha cambiado algo, la historia se repite manteniendo los tonos, solo que cobrando un 10 o un 15% más . De aquellos españoles, que descubrían Prada como otra de las bellas artes y accedían a ese nivel simbólico cobrando millonadas por tortillas de patata deconstruidas, o por sillas horrorosamente tapizadas, o por cualquier otra futesa; a estos brasileños, que se afanan en las mismas bajas pasiones, con los precios ligeramentte más altos, no han transcurrido los años siuficientes para extraer enseñanzas y aprendizajes. Solo se repiten los errores.
Pero Europa tiene un suelo, bien que nos revolcamos en él; en Brasil la caída puede ser, ya lo fue antes, simplemente libre. Las circunstancias climáticas añaden amenazas, como vimos muy recientemente. La obsesión por el etanol desvía el maíz de la alimentación a la producción de energía. La comida sube todos los días, el descubrimiento que las clases casi medias han hecho de los valores energéticos de la carne, está poniendo el picadillo a precio de solomillo de buey de Kobe.
Intentando escapar a la demagogia fácil y al sermón social blando, una sociedad que genera estos extremos de bienvivir y desgracia, no es una sociedad exitosa. Puede ser una sociedad plenamente integrada con la naturaleza que la rodea, en mimesis perfecta con ella y desarrollando sus principios filosóficos más extendidos, tipo "el que venga detrás que arree". Pero no es la sociedad que, por humana, ha de estar impregnada de valores humanistas. Tan simple como intentar evitar la explotación de los unos por los otros, o al menos paliar sus efectos. De verdad que el mundo está como para echarse de vez en cuando a la calle y protestar, y estoy convencido de que ni el matrimonio gay ni la disolución de la familia española son fenómenos que estén amenazando su continuidad. A ver si dirijimos el foco hacia lo importante de una vez.
Imágenes de Claudia Jaguaribe, brillante fotógrafa y mujer brasileña.
Dilma Roussef, que no sólo subió a palacios y bajó a cabañas, sino que también habita despachos tras frecuentar prisiones (transiciónes mucho más aleccionadoras, sin duda), sabe de eso, e inauguró su mandato comprometiéndose a erradicar la miseria del paraíso brasilero.
Para alcanzar tan noble objetivo, lo primero, claro, es reconocer su existencia, que la alegria natural del señor Lula mantuvo bajo siete llaves, llegando a hacer creer al propio Zapatero que la refundación verbal de la realidad bastaba para corregir la terquedad de los números.
Según la CEPAL (organismo de Naciones Unidas para el estudio de la economía en la zona) un tercio de la población de América Latina vive con menos de dos dólares por día. Brasil, excesivo en todo, aporta a esa estadística 50 millones de personas. Una de las principales economías del mundo no es capaz de ofrecer mejores condiciones de vida a su población. En las mismas Naciones Unidas, se fabrica el Índice de Desarrollo Humano, que no da muchas alegrias a este país, tan bendecido por dios como castigado por los hombres y a la espera de que lo salven las mujeres. Brasil ocupa el puesto 73, lejos de México (56) o de Perú (63). Para tranquiliddad de los irreductibles de Zapatero, informamos que España ocupa el puesto 20, lo que no está mal; oiga: Nueva Zalanda ocupa el 3 y ¿quién se quiere ir con los kiwis?
En España nos encanta mesarnos los cabellos y hacernos las víctimas ante conocidos y desconocidos, pero decidir quién es pobre y quién no, es una cuestión que trae de cabeza a la inteligente y enérgica señora Roussef. Ya no es solo cuestión de comer o no comer, también hay que considerar pobre a la persona que no accede a unas condiciones dignas de higiene, de transporte, de acceso a la educación, también al disfrute de su tiempo libre, a quien no dispone de un habitáculo decente, o de ropas adecuadas. Así que el concepto de pobreza no es privado, sino muy público. Ocupar un espacio digno, con acceso a servicios comunes que ayuden al ciudadano en la construcción de su dignidad personal, es labor del estado, y la presidenta quiere saber cuanto antes cuanto tiene que gastar en ese capítulo para cubrir las necesidades básicas de Brasil. Consciente de la resistencia que esa actitud va a provocar entre los poderes fácticos del país.
Porque las fortunas que jaleaban a Lula no están dispuestas a consentir ninguna aventura fiscal seria, de esas que terminan en una redistribución de la renta. El país ya está bendecido por dios; al que él se la dio, que Dilma se la conserve. Y así es muy difícil seguir adelante. Unas 5.000 familias controlan la mitad de la riqueza nacional. Tras una ligera investigación personal, sin ánimo ni rigor estadístico alguno,he comprobado que ninguna de esas familias se manifiesta partidaria de repartir su renta ni siquiera con los trabajadores que la hacen posible. Ya con los desheredados de la tierra, ni se cuestiona. Porque, como en otros muchos sitios, si el objetivo es hacer dinero, el camino más corto, en Brasil, no es trabajar.
A quienes éramos demasiado ignorantes para valorar en su justa medida los Pactos de la Moncloa, o a quiénes, estando hartos de Zapatero, nos pasó por alto la importancia del logro que supone solucionar el problema de las pensiones, puedo adelantar en primicia, que la señóra Roussef no duerme, pensando en su desafío: generar un diálogo nacional capaz de establecer un pacto político que comprometa a todos los sectores de la sociedad brasileña en un nuevo impulso capaz de erradicar la pobreza.
Un país que tiene prácticamente garantizada la paz, sin ningún problema de segregación territorial ni conflictos con sus vecinos, de una cohesión cultural, en torno a su lengua, sin fisuras, tiene que ser capaz de promover la solidaridad que universalice servicios públicos de calidad. Para eso se requiere una inversión pública que extienda la red de alcantarillado y mejore la salud de tantas comunidades en las que el dengue, por ejemplo, ni es noticia; que mejore el transporte público (en Sao Paulo, ir de "móstoles" al "centro" puede tardar dos horas ¡y costar el doble de lo que cobran los cercanías madrileños!); lo mismo en la educación, insistimos mucho en la salud y también en ese aglutinador social que es la cultura, con una misión histórica en este país, que puede romper moldes en otros. Porque mienttras Europa debate sin descanso el ocioso tema de las industrias creativas, aquí se crean redes de producción y distribución musical que desafían cualquier procedimiento establecidoo hasta la fecha.
En el siglo XIX la historia repetía en comedia lo que había sido tragedia. En el XXI ha cambiado algo, la historia se repite manteniendo los tonos, solo que cobrando un 10 o un 15% más . De aquellos españoles, que descubrían Prada como otra de las bellas artes y accedían a ese nivel simbólico cobrando millonadas por tortillas de patata deconstruidas, o por sillas horrorosamente tapizadas, o por cualquier otra futesa; a estos brasileños, que se afanan en las mismas bajas pasiones, con los precios ligeramentte más altos, no han transcurrido los años siuficientes para extraer enseñanzas y aprendizajes. Solo se repiten los errores.
Pero Europa tiene un suelo, bien que nos revolcamos en él; en Brasil la caída puede ser, ya lo fue antes, simplemente libre. Las circunstancias climáticas añaden amenazas, como vimos muy recientemente. La obsesión por el etanol desvía el maíz de la alimentación a la producción de energía. La comida sube todos los días, el descubrimiento que las clases casi medias han hecho de los valores energéticos de la carne, está poniendo el picadillo a precio de solomillo de buey de Kobe.
Intentando escapar a la demagogia fácil y al sermón social blando, una sociedad que genera estos extremos de bienvivir y desgracia, no es una sociedad exitosa. Puede ser una sociedad plenamente integrada con la naturaleza que la rodea, en mimesis perfecta con ella y desarrollando sus principios filosóficos más extendidos, tipo "el que venga detrás que arree". Pero no es la sociedad que, por humana, ha de estar impregnada de valores humanistas. Tan simple como intentar evitar la explotación de los unos por los otros, o al menos paliar sus efectos. De verdad que el mundo está como para echarse de vez en cuando a la calle y protestar, y estoy convencido de que ni el matrimonio gay ni la disolución de la familia española son fenómenos que estén amenazando su continuidad. A ver si dirijimos el foco hacia lo importante de una vez.
Imágenes de Claudia Jaguaribe, brillante fotógrafa y mujer brasileña.
martes, 25 de enero de 2011
...el hombre acecha...
La tremenda discusión abierta en torno a la ley de la abuela de la ministra de la cultura, además de gruesos cadáveres en el camino, ha dejado un enorme interrogante abierto en el alma de los ciudadanos curiosos. ¿Esos creadores de cámara y corte, que se pronuncian sin tasa ni control sobre lo que conocen y lo que no, sirven de algo?, ¿la cultura española...?... , ¿la cultura española... por dónde anda?Quienes salieron en tromba a la procura de sus derechos de reproducción, ¿sienten alguna obligación de producir? Vamos, que si hay una continuidad creativa en nuestro panorama cultural más visible, en el oficial, en el del Ministerio y El País, y El Mundo y Tele 5, que para el caso.... Porque, adelantémoslo ya, en el otro, en el ejercicio diario de quiénes no pasan tanto tiempo en el escaparate, es claro que la hay.
El mismo Muñoz Molina se lo planteaba recientemente, aún sin poder dejar de celebrar la cantidad de cosas que ha aprendido (creo recordar que eran 10: ¡oye...!). Que si valora más la literatura de creación o la de divulgación y pensamiento, y ahora se inclina por esta última. No deja de ser loable, como estrategia de supervivencia, que al comprobar que nadie aguanta tus ficciones les enjaretes sus realidades, de las que siempre permanecerán cautivos. A cambio del aura creativa del gran novelista -que es lo que de verdad mola: ¡ahhh!, ¡Auster!- puedes exhibir, sin problemas, algún tipo de investidura como lider de opinión y pastor de hombres (las mujeres no siguen a cualquiera). Hecha ya segunda piel, trabajo bien remunerado en El País, vas a encontrar seguro. Claro que ¿quién se acordará de ellos cuando estén muertos... discreto Don Baltasar de Gracián?
Pero no carguemos toda la culpa sobre Antonio Muñoz Molina o Rosa Montero y afines, no son sus frágiles hombros para llevar una carga que abruma a Occidente todo. Disociar pensamiento y creación nos ha llevado a una distribución profesional rentable en términos laborales, con tanto especialista en cualquier cosa, pero cada vez menos interesante. Occidente observa y Muñoz Molina lo cuenta, un puro ejercicio periodístico, así no ponemos la pica en ningún lado.
La celebrada unión de lógica y poesía que vertebra los Díálogos de Platón no corre por las venas de nuestros gerifaltes culturales de hogaño. Y es ahora cuando más necesitados estamos de referencias válidas, ahora que somos capaces de oir el silencio a nuestro alrededor, cuando los ruidos de la fiesta se pierden ya en la lejanía. Cuando vemos que nuestros deseos no quedaron satisfechos y nos sentimos frustrados por el tiempo perdido en la adoraciónn al becerro de oro y en la contemplación de la tasación que hicieron de nuestro piso. O, peor, cuando vemos que los deseos cumplidos nos llevaron pronto al hastío, porque las plegarias que el becerro atiende no son las que más necesitamos concretar.
Prescindiendo del prurito nacionalistoide por evaluar la proyección internacional de nuestra cultura, que tantas páginas de periódico llena, ¿de qué nos sirve nuestra cultura? Pues quizá por zonas poco transitadas, pero de ella siguen saliendo admoniciones iluminadoras, como las de Séneca, Quevedo, Gracian, Unamuno y tantos otros entre medio. Vean esto, de Chantall Maillard: "¡Muéstrame tu dios y te diré cual es el color de tu miedo!": no me digan que no da como para pasar la tarde. Creimos tanto en el poder que ahora no sabemos recuperar la senda del sentimiento. Hicimos del éxito nuestra razón de vivir, ¿y ahora?: el miedo a no saber vivir sin éxito. Chantal Maillard nos ayuda a observar, a analizar... y a observarnos y analizarnos como objetos de ese mismo esfuerzo. Quizá los resultados no llenen páginas de periódicos, pero sí nuestras vidas de sabiduría y disfrute.
Entre los muros sin piedad que conforman la ciudad de Sao Paulo, de repente, la amnistía de una plaza, algún lugar lujurioso de verde, donde disfrutar de un poco de sombra. Hoy la ciudad cumple años y lo celebra de manera informal. En una de esas plazas, con humildad y sosiego pernambucanos, aparece Naná Vasconcelos con sus músicos, para improvisar una sesión de su inigualable percusión. Los paulistanos se van arremolinnando a su alrededor, sin que nadie pregunte aquello de "¿a qué hora empieza?". Empezará cuando empiece y la espera forma parte de la excitación del momento. El concejal de cultura local también toma su lugar en el suelo sin que a nadie se le ocurra comentar aquello otro de "pero ¡qué sencillo es!". Porque, además de organizar los acontecimientos que celebran la efeméride, ¡al concejal de cultura "le gusta" Naná Vasconcelos! y se va a quedar todo el concierto; junto con otro colega, Gilberto Gil, que también sabe disfrutar de la música, y los que andamos por allá. Naná Vasconcelos sale, comienza a probar los distintos instrumentos de percusión que utilizará en el concierto y sin ningún alarde, comienza su labor. La concentración es máxima y a los pocos minutos, el ritmo entra en los cuerpos que dejan de escuchar para hacerse música, descansa el alma, queda el pensamiento en suspenso y el cuerpo es música.
Si bajamos el volumen de quienes nos admonizan, aconsejan, prometen y amenazan, escucharemos a quienes solo quieren ser con nosotros: tiempo y espacio. Nosotros, todos, porque la única verdad es que, en la tormenta y en la calma, en la riqueza y en la adversidad, el hombre acecha (como la mujer, para el caso...).
PD: La foto de Sao Paulo es de Ricardo Alcaide, que prepara su próxima exposición en la ciudad. Y Naná Vasconcelos acaba de sacar un disco: "Ideas".
sábado, 15 de enero de 2011
....llegaron las lluvias a Brasil, embarrando el legado de Lula.
Como todos los años, las llluvias de verano sacudieron el paisaje de unas cuantas ciudades brasileñas. A las habituales inundaciones, derrumbamientos, desalojos, colapsos de tráfico, asaltos, robos y desquiciamiento de los ciudadanos, este año se añadió un número de víctimas mortales muy difícil de asimilar. Sobre todo para una sociedad que comenzaba a percibirse invulnerable, al haber dejado de mirar para las zonas menos fotogénicas de su realidad . Y en Brasil, más que en ningún otro sitio, la imagen crea la realidad.
El informalismo urbanístico brasileño, tan ponderado por algunosw arquitectos papanatas de Europa (solo a cambio de un pasaje aéreo para contarlo bien cerca de las favelas), con su corolario de falta de planificación y ordenación territorial, corrupción de las autoridades municipales que permiten cualquier cosa en cualquier momento de cualquier sitio; y, sobre todo, el abandono a su suerte de la clase más baja por parte de las élites intelectuales y económicas del país: esos son los causantes de la tragedia... de todos los años, en mayor o menor magnitud.
Sobrecoge ver en televisión las connsecuencias de la tardanza, incompetencia y esccasez de la ayuda que se brinda a las víctimas. Los helicópteros bordonean por el cielo de Sao Paulo, llevando de acá para allá a las hacendosas abejas que liban sus fluidos financieros y fecundan las cajas fuertes de los rascacielos, perfectamente a salvo de las contingencias climáticas. Ninguno de esos helicópteros ha perdido media de sus lucrativas jornadas para reforzar el magro contingente de medios que la administración del país trata de armar contra la calamidad. ¿Demagogia? No si se aplica la crítica a momentos puntuales, en los que salvar o no salvar vidas es cuestión de minutos. Los que ha tardado el barro en anegar el optimista legado del expresidente Lula.
El tránsito de 20 millones de personas de la más absoluta miseria a la pobreza, ha ccreado una fuerza de consumo que acciona los resortes industriales y financieros del país. Pero ese "consumo para el pueblo pero sin el pueblo" solo evidencia la sideral distancia a la que se encuentra ese pueblo de las clases mejor situadas del país; y, sobre todo, el abismo de ignorancia en el que sigue sumido sin que ninguan forma de activismo civil sea imaginable y menos aún ninguna acción educativa estatal eficaz, regeneradora y a la altura de los tiempos que la propaganda oficial dice haber alcanzado ya.
Los brasileños, fue la aventura tardo-seudo-colonial de Lula, colaboraron muy activamentte en el remedio de la tragedia que supuso el terremoto de Haití. Las imágenes de su aniversario se confunden en las televisiones locales con las de las ciudades anegadas. Que no es posible confundir con las que llegan de Australia, por más similares que sean los fenómenos atmosfériicos que las ocasionaron. La secretaria del organismo de Naciones Unidas para la prevención y seguimiento de catástrofes naturales, ha sido terminante al descalificar la prevención y el seguimiento de tales fennómenos en el gigante sudamericano.
¡Pobre Brasil, tan cerca de Haití y tan lejos de Australia!
El informalismo urbanístico brasileño, tan ponderado por algunosw arquitectos papanatas de Europa (solo a cambio de un pasaje aéreo para contarlo bien cerca de las favelas), con su corolario de falta de planificación y ordenación territorial, corrupción de las autoridades municipales que permiten cualquier cosa en cualquier momento de cualquier sitio; y, sobre todo, el abandono a su suerte de la clase más baja por parte de las élites intelectuales y económicas del país: esos son los causantes de la tragedia... de todos los años, en mayor o menor magnitud.
Sobrecoge ver en televisión las connsecuencias de la tardanza, incompetencia y esccasez de la ayuda que se brinda a las víctimas. Los helicópteros bordonean por el cielo de Sao Paulo, llevando de acá para allá a las hacendosas abejas que liban sus fluidos financieros y fecundan las cajas fuertes de los rascacielos, perfectamente a salvo de las contingencias climáticas. Ninguno de esos helicópteros ha perdido media de sus lucrativas jornadas para reforzar el magro contingente de medios que la administración del país trata de armar contra la calamidad. ¿Demagogia? No si se aplica la crítica a momentos puntuales, en los que salvar o no salvar vidas es cuestión de minutos. Los que ha tardado el barro en anegar el optimista legado del expresidente Lula.
El tránsito de 20 millones de personas de la más absoluta miseria a la pobreza, ha ccreado una fuerza de consumo que acciona los resortes industriales y financieros del país. Pero ese "consumo para el pueblo pero sin el pueblo" solo evidencia la sideral distancia a la que se encuentra ese pueblo de las clases mejor situadas del país; y, sobre todo, el abismo de ignorancia en el que sigue sumido sin que ninguan forma de activismo civil sea imaginable y menos aún ninguna acción educativa estatal eficaz, regeneradora y a la altura de los tiempos que la propaganda oficial dice haber alcanzado ya.
Los brasileños, fue la aventura tardo-seudo-colonial de Lula, colaboraron muy activamentte en el remedio de la tragedia que supuso el terremoto de Haití. Las imágenes de su aniversario se confunden en las televisiones locales con las de las ciudades anegadas. Que no es posible confundir con las que llegan de Australia, por más similares que sean los fenómenos atmosfériicos que las ocasionaron. La secretaria del organismo de Naciones Unidas para la prevención y seguimiento de catástrofes naturales, ha sido terminante al descalificar la prevención y el seguimiento de tales fennómenos en el gigante sudamericano.
¡Pobre Brasil, tan cerca de Haití y tan lejos de Australia!
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