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sábado, 12 de marzo de 2011

Shikatu ga nai.


Espero no estar errando  mucho más  de lo razonable si con ese título resumo , ¡en japonés!, lo  que parece ser una actitud japonesamente asumida frente a los desastres: algo como, ¡qué le vamos a hacer!

Con esta proclividad que mostramos los  españoles a erigirnos en protagonistas de todo  lo  que ocurre (si  son desgracias, casi mejor), pronto aparecerá en algún medio el  previsible "todos somos japoneses". Yo no, vaya por delante. Ni aunque me empeñara alcanzaría diez minutos de japonesidad; ni estando dispuesto, que ya sería estar, a cambiarlos por una úlcera de estómago. Porque ver al Fujiyama arrancarse por bulerías y mantener impasible el ademán, no es cosa que esté a mi alcance. Y no deja de ser admirable el estoicismo con el que millones de japoneses son capaces de contemplar la tragedia de sus compatriotas; sobre todo porque, lejos de inhibir la  acción, esa serenidad parece precipitarla, ordenarla y hacerla más eficaz.

Un terremoto de las proporciones del ocurrido estos días sobrepasa  límites geográficos,  fronteras políticas,  cimientos culturales y hasta las convicciones personales, colocándonos, inexcusablemente, ante la  fuerza de lo inevitable. Y, no está  de más señalar, retransmitido en directpo por todas las televisiones del mundo. Así que terremoto a todas horas, si el  anuncio de la dimisión de Zapatero no coge el relevo de la actualidad en las próximos días. Por cierto, igual  no era mal momento, este en el que la luna se acerca más que nunca a la tierra... ¿no, Leyre: cómo  van las conjunciones astrales?

Las imágenes que nos sirven todas las cadenas conectan de manera espectacular, tal vez obscena, desde luego dramática, con las que el  cine nos provee continuamente. Yukio Mishima definía la  belleza como "un caballo desbocado" y  no  es posible hurtarse a la sobrecogedora belleza de las olas de diez metros, lanzadas a 800 kilómetros por hora, ni a la de la ruina que deja  su paso en las ciudades costeras. Hasta la negra columna de humo que surge de la central nuclear y las fieras torres de fuego, se yerguen ante nosotros con una siniestra y amenazadora belleza. Como los  barcos por la  calzada, en insólita conversación con los coches y hasta con los aviones, los montones de automóviles calcinados, que ni Demian Hisrst ordenaría  tan artísticamente; las escenas que Ridley Scott ni soñó,  las espirales land-art  que Robert Smithson nunca logró hacer tan dinámicas, la tensión transmitida que James Cameron nunca fue  capaz  de originar...

Ya hubiese querido  Mishima abrir en canal, con la espada que rasgó su vientre, las carreteras, puertos y ciudades del imperio . Como en sus delirios filosóficos, la acción pura, desencadenada por  la naturaleza, ha logrado  penetrar cuestiones eternas del Japón y de la humanidad toda. Él noveló, y hasta trató de vivir,  la fatalidad de lo sublime; el  terremoto  sobrepasa ampliamente los planteamientos de aquel  tardo-samurai  poniendo de manifiesto lo sublime de la fatalidad.

Las próximas semanas, meses y, desgraciadamente, años, viviremos, otra vez, las lecciones que Japón impartirá al  mundo. Algunas de las cuales no son nada desdeñables. Caerán en excesos  regulatorios (tipo, no dejar entrar perros rastreadores de otros países, o impedir la distribución de agua o  analgésicos no  japoneses) pero el coraje, la unidad y la comunidad de destino que mostraron tras la  Segunda Guerra Mundial, o en otras catástrofes naturales anteriores, y hasta en la caída de su economía en los años 90, volverán a brillar con el sol naciente.

A eso llaman, en inglés, resilience: la capacidad que tienen los materiales de recuperar su condición original tras el estrés inducido por algún agente externo. O sea, lo bien que recupera su forma original el  sillón, después de nuestra siesta. Y eso no se lo  niegan a Japón ni los chinos. Aunque para todo hay formas y, admirando la japonesa, no la  comparto ni aspiro a ella. Podrían alcanzar la misma recuperación del estado  original de forma más, me atrevería a decir, natural. No sé, quejándose alguna vez,  que tiene que tener unas somatizaciones muy malas para la salud,  esa cosa de no  alterar el  gesto aunque ¡te esté cayendo un edificio  encima!, o  un jefe, o la  ruina, o la bolsa de Tokio, o, como ahora, todo ello al mismo tiempo.

Aunque tampoco hemos de olvidar la diferente frecuencia de onda entre ser humano  y naturaleza, según la  cultura en que  sintonicen. Oriente y Occidente otra vez, que mira que somos raros todos. Aunque distintamente equipados para afrontarlo, ninguno de nosotros, de las antípodas a Ponferrada, se sustrae a la experiencia del sufrimiento. Y eso nos conmueve, aunque ocurra en Japón. La  pregunta no creo que sea ociosa: siendo el  terremoto, como la muerte, inevitable ¿cómo es que no  estamos mejor  preparados para hacer frente al dolor que causa?

Hay conferencias internacionales e investigaciones sobre todas las  calamidades posibles: sobre el  hambre, la proliferación nuclear, la devastación de la  capa de ozono... Pero  no  hay ninguna conferencia internacional sobre el sufrimiento, que procure avances en el  control de la  desazón que  causa a la  humanidad su relación con la  naturaleza, porque no es otra la fuente de nuestros sinsabores. Toda nuestra construcción cultural, con sus fundamentos en la antigua Grecia y sus últimos florecimientos en la moderna, no es capaz de mitigar el dolor y, menos aun, dar sentido a esa relación. Pero todo  va por barrios.

San Agustín consideró a la  naturaleza  fuera de la  Redención,  por tanto dentro del pecado, lugar del mal. Desafiar la ortodoxia establecida por los Santos Padres en este punto  esencial de la concepción del mundo, era panteismo, una cosa muy fea. Así que, en el ámbito occidental, ampliamente dominado  por el  cristianismo, la  alienación del  hombre respecto a la  naturaleza se fue completando  inexorablemente. La naturaleza, en su ferocidad incontrolada es lo opuesto a la razón. La misisón del buen cristiano es dominarla, sujetarla a razón y explotarla en consecuencia.  No formamos parte de la  naturaleza: lo humano es la  razón.

No es la misma concepción del universo la que anima a los japoneses evidentemente y, quizá, alguna ventaja nos llevan en ese terreno, si  ventaja es fundirse con el entorno y sentirse parte de un proceso irreversible que lleva a todo ser vivo a salir del estado de crisis que supone la vida y completarse en la perfección de la muerte. Sorprende en este contexto, la poca capacidad dela ciencia para explicar nada que sea importante. Lo que no quita para que lo que explica sea imprescindible.

Pero no se trata de abundar en un  ecologismo apocalíptico, en realidad, al servicio de lo que parece combatir. Se trata de alcanzar una cosmologia abarcadora, capaz de expllicar nuestros avances y el miedo insuperable a su consecuencias,  la mejora en las  condciones de vida sobre el planeta y la amenaza constante de su fragilidad, la imposibilidad de excluír el azar y la casualidad de las previsiones más fiables, al menos hoy por hoy. Entender que la mudanza es la única condición estable de nuestro entorno y el azar tan activo como la causalidad.

domingo, 6 de marzo de 2011

...é carnaval!

En lugares muy diversos del mundo es carnaval, en Brasil es otra cosa. Bueno, la misma, pero sin perder el  tiempo, que a lo que vengo, vengo.

No hay una ciudad más hermosa en la tierra que Río de Janeiro, ni más sudamericana. Verdaderamente, Río concentra las esencias del imaginario atribuido a Sudamérica. Sus playas, los morros desafiantes, la vegetación excesiva surgiendo entre casas y coches, un cementerio aparece de repente, bellísimo, el  centro torrencial y desordenado, las cuestas sin piedad de Santa Teresa, palmeras y coqueros frente al mar, buganvillas desatadas, y esa dudosa simpatía de sus habitantes.

Encuentras uno de los blocos en  que se organizan los desfiles de carnaval, y el mundo se para. A cualquier hora del día o de la noche. No hay un plan de tráfico previo. Al menos el Ayuntamiento no lo hace público. Así que lo mismo puedes disfrutar de la música desenfrenada en un mar de caipiriña, que observar la alegria de los otros desde un  taxi, jurando en arameo mientras el taxímetro avanza implacable, también a ritmo de samba. Pero ¿qué necesidad hay de trasladarse a otro lugar cuando la música y el  baile inundan nuestro entorno? Así que a disfrutar. ¡Es carnaval!

Tengo al  turismo por una de las más terribles plagas que acosan a la humanidad, desde hace unos veinte años, aunque nadie quiera darse cuenta de ello.  También la  crisis nos empeñábamos en ignorarla, así que preparémonos. Y el  turismo en carnaval es  voyeur o, peor, exhibicionista, caro y, además, frustrante.

Invadir una ciudad en su fiesta mayor tiene algo de indecente. La colectividad se suelta el  pelo y es posible  que la  abuela fume, la mamá se tome una copa de más, el niño  haga streptease y el  padre, el  padre es capaz de vestirse de mujer. Y no  tenemos porqué ver todo eso, los que no pertenecemos al lugar. Igual  en Sanfermines, que en la Feria de Sevilla: quienes disfrutan son los lugareños, porque son los que saben qué es exactamente lo que están transgrediendo, y ese es el sentido último de la fiesta.

Objetivamente, Río en carnaval es difícilmente soportable, si no  eres carioca de nacimiento y profesión. O de Hamburgo, por oposición y contraste, que como no se enteran de nada, pues están tan a gusto creyéndose la mar de integrados. Los momentos de concentración en torno a la música impiden el movimiento, seis horas puede ser la media de tiempo invertida para ver un momento de samba de unos 30 minutos. Pasa el camionazo atronando la calle y te deja los tímpanos rotos, los pies molidos a pisotones, el cuerpo cubierto de sudor y una cierta sensación de ligereza, porque, probablemente, te habrán vaciado los bolsillos. Y si entiendes las letras de los sambas tradicionales, te vuelves a casa inmediatamente.

Nada diré de las delicias y asombros del sambódromo, porque ahi no me meten ni en cuba de caipiriña. Si las fallas no llenaron tus sanjosés, ni Disneyworld significó nada en tu juventud, el sambódromo te lo puedes saltar. En tonces ¿qué?, ¿qué es eso del  carnaval? Transgresión, lo es, sin duda. Pero, se plantea el europeo curioso, ¿qué es lo que queda por transgredir, en un Brasil, ya de por sí, predispuesto al exceso? Y ahí es donde hay que comenzar a desmontar prejuicios.

Los niveles de roce y comunión entre  los cuerpos de Río, nunca se dieron en  la  calle La Estafeta, doy fe de ello. Los de Pamplona, cualquiera lo sabe, no  somos así. Luego, hay un Brasil esencialmente conservador, ese que Europa desconoce, que se desmelena, sin medida ni remedio, en cuanto llega el  carnaval. Y la fusión de razas, esa tan admirada, en realidad se da, no solo, pero ahora. Es en estos días cuando los negros pastorean la  calle más que nunca, desbordan con sus caderas el control de los blancos y, como imaginan, los pocos ricos que han  quedado en la  ciudad se refugian en sus casas. Esto es de la clase  C para abajo. Los únicos médicos o  ingenieros que encuentra uno por la calle, saltando sin parar, eso sí, son los que vienen de Rotterdam.

Quizá la más exquisita celebración de la femineidad en su belleza, sensualidad, maternidad y demás facetas todas, ocurra en la Semana Santa sevillana. Lo digo para dar una idea, porque en Río es todo lo contrario. El carnaval  celebra al hombre. Ninguna fiesta es más de hombres que el  Carnaval brasileño, en el que hasta el  estereotipo de belleza femenino propuesto,  aparece condicionado por la ambigüedad que lo acerque al masculino. Es la S/Z de Roland Barthes, en un juego de papeles sexuales en el  que el protagonista es siempre el hombre, transgrediendo los límites de la corrección social que le obliga a asumir una rigidez que el  carnaval hace saltar en pedazos.

Sí, el carnaval es homo, pero no gay. Lo que requiere explicación. El gay que llega de Colonia dispuesto a vivir aventuras no acaba de encontrar lo que busca, que es, invariablemnente, lo que ya tiene en su fria tierra. Por lo que, en general, termina pagando lo que ni sabía que estaba comprando, a precios que nunca confesará de vuelta al trabajo.  Y es que  la  transgresión ocurre cuando menos se espera, es sutil y desenfadada, anónima y sin compromisos, surge al compás de la música, se ampara en el disfraz, se atrinchera en el alcohol, no busca ni procura satisfacciónn sexual, sino liberación social.

Como sé que la tesis, sin ser revolucionaria, causará cierta sorpresa, invoco en mi apoyo el número último de la brasileña revista Epoca, que trata el  tema extensamente, preguntándose porqué un carnaval tan así, da paso a un año de represión homosexual, que es el día a día brasileño.

En fin, podemos hablar de Darcy Ribeyro y sus investigaciones de antropología social, para encontrar, en muchas de las tribus indígenas que todavía pueblan Brasil, esa feliz fusión precivilizatoria, en la que cuerpos iguales se cruzan buscando, solo, placer.

Así que, irredentos seguidores y fans de Marisol, no pongais rumbo a Río, porque no vais a entender nada.

sábado, 26 de febrero de 2011

"Información, espacio, control"

Tomo el  título prestado de la  brillante exposición que Muntadas ha presentado hoy en Sao Paulo. Es una exposición bien grande, con cinco  trabajos del  artista, que abarcan un arco vital tan significativo en su obra como el  que va de 1989 a la actualidad. On subjectivity y On Translation ya los conocía, de Estadios había oído hablar y me ha asombrado Alphaville ,  un  trabajo  tan sutil como torrencial sobre ese barrio de Sao Paulo, que agrupa un sinfin de promociones inmobiliarias bajo el signo y fórmula del condominio. Lo que da lugar a la extraordinaria reflexión del autor sobre la seguridad, el  orden y el  poder.

La exposición se muestra en las salas de la Estación Pinacoteca, bellísima extensión de la Pinacoteca del  Estado de Sao Paulo, una institución bastante ejemplar, para donde está (www.pinacoteca.org.br). Que, a su vez, presenta en estos mismos momentos Teoria, bella reflexión formal de Ignasio Aballi. Son dos proyectos muy diferentes: el  de Aballi creado especialmente para el espacio que lo alberga; el de Muntadas, la justa culminación de una trayectoria de más de quince años  en los que  ha trabajado por aquí, mezclando, con saber y arte, su cuestionamiento de los medios de comunicación con las claves de una sociedad compleja como la  brasileña. Los dos, eso sí, los financia nuestra Sociedad Estatal de Accíón Cultural. No es barato lo de Aballi, pero lo de Muntadas deja a cualquier calculadora echando humo.

Y el próximo jueves, el  Instituto Cervantes de la ciudad abre su exposición, Colección Fundación Coca-cola: 10 años de fotografía española , aunque también incluye vídeo. Santiago Sierra, Lara Almárcegui, Chema Alvargonzález... muy bonita exposición. Aquí es una colecciónn privada la  que se exhibe en un espacio público y no se puede disimular la generosiddad con que la Fundación Coca-Cola ha afrontado el  proyecto. Es bueno confesar que yo mismo lo he estado  desarrollando, por lo que pueda venir a partir de ahora.

Pues no acaba ahí la cosa. Porque ese mismo Instituto Cervantes (www.spcervantes2011.info ) presenta, junto con la  Fundación Arquitectura Viva, de Córdoba, a Antonio Cruz y a Paulo Mendes da Rocha, en un diálogo  cruzado entre la Universidad de Sao Paulo y  el propio Instituto Cervantes. Y  para que nada quede sin reseñar, también se presenta en la siempre  chocante capital brasileña, Millessimes , una muestra gastronómica con los primeros cucharas de nuestro panorama gastronómico.

Si el diario El País se hubiera enterado de todo esto, pueden imaginar los titulares. "Sao Paulo, abierta de piernas a la  penetraciónn del  arte español" (EP3); "Sao Paulo se rinde al arte español" (en el  diario); y "El esplendor y hondura del conceptualismo  español se exhiben en Sao Paulo" (Babelia). Felizmente, su último  becario salió de Brasil sin caer a la cuenta de ello. Y es que, para detectar "El (lento) avance del español en Brasil", le bastó dar una vuelta por un par de ciudades del litoral, sin considerar que la  grande Sao Paulo, con sus 30 millones de habitantes y centro económico y financiero de Latinoamérica, signifique gran cosa en el contexto brasileño. Así le quedó la pieza, publicada hace un par de días...

A lo que voy, que a ver si aflojamos con ese nacionalismo tontorrón que convierte cualquier acción de empresarios, futbolistas, artistas o cocineros, en heroicas conquistas e inigualables hazañas, siempre en la porfía de rendiciones incondicionales y éxitos sin precedentes. Que Muntadas, Aballi y todos los demás, no llegaron a dominar espacios expositivos tan importantes tras la prueba de ADN que los revelara como legítimos descendientes del imperio. La universalidad del lenguaje que logran nuestros artistas (los que la logran), se forja en la  tradición y, también, en el cosmopolitismo de su visión, en la ambición de sus preocupaciones y en su conexión con la  inquietud que recorre el planeta. La universalidad del idioma que nos une, también se alcanza por la misma vía: la conexión de tantos millones de hispanohablantes en una variedad de intereses que  va de los económicos a los culturales, políticos y sociales.

Reclamar el cese de un nacionalismo de suplemento dominical, no es incompatible con una llamada de atención sobre la importancia del control de la información, en el espacio de referencia,  que  hay que ejercer para alcanzar una mejor difusión de nuestras acciones y de las manifestaciones de nuestros artistas. Porque si los empleados de una institución española de cualquier ciudad del mundo, se enteran de lo que hace otra institución española en la misma ciudad, por la invitación de la instancia que acoge a ambas, pues no alcanzaremos nunca la optimización de la inversión que estamos obligados a ofrecer al contribuyente, ni la promoción que debemos a nuestros creadores.

La confluencia de acciones y acontecimientos descrita en Sao Paulo, para esta semana, no obedece a ningún plan predeterminado por todas esas instituciones que se dedican a la  promoción de la cultura española: ha ocurrido. Las posibilidades de rentabilizar la riqueza de imagen desalojada por acciones tan brillantes, no se le ocultarían a un francés, pero nosotros, mejor cada uno a lo suyo, y si a alguien se le ocurre plantear una coordinación que atraiga hacia los proyectos públicos la financiaciónn privada, pues a por él: ¿qué se habrá creído?, ¿qué pretenderá con eso?.

 

miércoles, 23 de febrero de 2011

¡Ya tenemos plan!

Sí, un plan de medidas de apoyo al  sector del  arte. Y, de verdad, como consigamos arreglarlo, ¿qué crisis se nos  resistirá? Con toda probabilidad, ninguna. Serán las demás  naciones las  que acudan a la nuestra en busca de ese bálsamo de Fierabrás que nos  ha de colocar a la  cabeza del mundo civilizado.

Como las grandes creaciones de la humanidad, el plan no tiene autor conocido, lo han urdido "diversas asociaciones", según recoge toda la prensa nacional, con el natural alborozo. Y  es que no  era  otra cosa lo que necesitábamos los españoles que un plan para salvar  el arte (a veces añaden,  y la  cultura). Vienen a ratificar, esas asociaciones, que en España se crea todo  lo que haga falta, pero,  como la administración no mueve un dedo, todo se queda en los almacenes de los  galeristas, y no están los  tiempos para dejar el buen paño en el  arca. Quieren que se exporte, que se promueva internacionalmente eso, la creatividad, el arte español,  que  si no  es  más  demandado es porque no es mejor conocido. Ni necesitamos preguntar por ahí cómo anda esa esquiva demanda; con potenciar la oferta, mediante el dinero público, es suficiente para obrar el milagro y empapelar Manhattan con cuadros y fotos de artistas españoles.

Esas "asociaciones" tan preocupadas por al  arte, mucho menos  por el destino y rendimiento del  dinero  de los contribuyentes, reclaman terminar ya con los  recortes a los presupuestos  de cultura que andan las administraciones asestando  a diestro  y sinniestro. Ya los fabricantes de coches abrieron camino y ¡mira que lo  intentan los apaleados promotores inmobiliarios! Los promotores culturales no iban a ser menos.

Quieren eso,  y un IVA cultural a  la medida,  aumentar las desgravaciones por inversiones o compras culturales, o sea, cuadros. Y se reclaman, con toda razón, de los cineastas que, con ceja o sin ella, han conseguido la cuadratura del  círculo: que una vez creado  un producto, cultural, desde luego, no haya que molestarse ni en hacerlo llegar al público, no sea que en la distribución se pierda el dinero  ganado con la subvención. Y ya ven las inigualables  cotas de excelencia en las que raya nuestro cine.

Una ley de patrocinio a la  altura de los  tiempos es imprescindible,  lo del  IVA dudoso, pero  negociable. El aumento  de las  subvenciones, no. Durante los tiempos de bonanza ha habido  galerías, de trayectoria y estrategia ejemplares, que han creado  clientela, fomentado la necesidad en ella y, en suma, garantizado su futuro. Pero  no han sido menos, sino más, las que, amparadas en la bonanza económica, han vendido  sin escrúpulo obras cualesquiera a cualesquiera precios que algún incauto  pagaba. De ahí la decepción, y el cabreo, oiga, el cabreo, cuando uno descubre que por la superfoto de 7.000€ no  hay quién dé 1.000. Probablementte no  hay quién dé nada, y ese es el mercado del  arte que se ha fomentado con la mayor inconsciencia. Ahora que venga el estado a  recomponer haciendas y reputaciones.

¿No  han  aprovechado  bastante el oportunismo, dicen que político; la garrulería,  admiten que generalizada, de nuestros concejales, diputados, consejeros  y otras especies igualmente depredadoras que pueblan el ecosistema cultura? No: porque no les pagan. Tanto  centro de arte, tanto museo  en cada pueblo... las galerías viajaban en camión del  uno al otro confín patrio y colocaban la mercancía; el director de turno, apoyado por el  consejero del ramo, que ya pagará. Y que no paga:  pues a por el moroso, pero midamos  bien lo  que sale de las  arcas públicas, que ya sabemos cuanto  cuesta llenarlas.

Lógicamente, ninguna de estas "asociaciones" que tanto urgen a la sociedad a velar por  sus intereses, piensa someterse a plebiscito popular alguno, ni en Murcia (donde ganarían de calle, a la vista de la  insaciable sed de arte que asuela la huerta).Tampoco parece que vayan a integrase en alguna candidatura con particular atención a la cosa cultural. Ni nada por el  estilo. No, sin contrastar con los ciudadanos, ellos van directamente a la  cabeza y quieren que sean los políticos los que les saquen las  castañas del  fuego (quizá porque detectan en ellos una cierta poroclividad al espectáculo muy en sintonía con el  arte actual).

Y  no deja de haber una cierta presunción en esa manera de erigirse en portavoces sociales, para reclamar que se les desvíen más fondos. Y además con "buenas prácticas": o sea, quítate tú pa ponerme yo. Porque al medrar llaman, ahora, "buenas prácticas", amigo Malraux. Y así reaccionan los que ya tienen sillón, preguntados al  respecto del plan: "tendría que ver el contenido", "no sé", "lo estudiaré", "algo  habrá qué hacer..." y otras opiniones contundentes que van desgranando por donde pasan Borja Villell o José Guirao o Consuelo Císcar que, como mujer, tiene las cosas mucho más claras: a ella que le den más dinero y ya está.

Poco  creible, pero  enternecedora, la llamada final de esas "asocioaciones" a la  reforma educativa:  los quieren tiernos; y  me imagino  yo  a  pandis enteras por las galerías, como por la calle Fuencarral,  desordenándolo todo y eligiendo  grabados  para quiénes pasaron la selectividad con buena nota, de lo cultos que serán ,  y lo bien educados  en el  apoyo a las  artes que estarán.

Pues no  crean que nada de esto  cayó en saco roto. Antes incluso de lo que ellos mismos  imaginaron, ya ha surgido en Washingtong la primera iniciativa de apoyo a las artes y la cultura españolas por parte de la  Embaja en la capital USA: Spanish Arts & Culture. Por si había pocas instituciones españolas compitiendo entre sí por no se sabe qué, ahora llega la embajada y abre plan. Ya veía yo  una esperanzadora  concentración de materia gris a orillas del Potomac: la Infanta Cristina, vive allá (con los hijos ya criados y mucho tiempo libre), y también fue de Consejero Cultural de la Embajada, Guillermo Corral, que no es cualquier cosa este apóstol de las industrias culturales, de las que, con todo, no nos  transmitió otra noticia que su pretendida articulación desde una dirección general hecha a su medida por aquel señor Molina, el poeta.

Pues ya tenemos plan, varios, y  pónganse de acuerdo, porque gastar se gasta, demasiado. Otra cosa es que alguien establezca objetivos para ese gasto, mucho menos estrategias acordes y, ¡por favor!, que somos cultos, no me hablen de evaluación de resultados. 

jueves, 10 de febrero de 2011

"El País" (¿quién si no?) nos trae "la modernez"

¿Xavi Sancho?
Lleva el diario "El País" un par de lustros traduciendo de mala manera los modos y modismos del New York Times, al que, de haber tenido  que conformarme con ser Cebrián, yo también envidiaría. Que "traduzcan" los diseños y maquetaciones, los colorines del fin de semana, la alimentación,  impostada y retórica, del pensamiento para una estulta clase media a la americana, ignorante y consumista, presuntuosa y aburrida, hasta se comprende. Serán los mercados... Pero  cuando  ya se lían con las  traducciones de ideas, textos y hasta de palabras, el juego deja de ser inocente y se convierte en el  testimonio de nuestra ignorancia sobre lo  que en el mundo cultural ocurre, del seguidismo sin sentido de lo que se cree moda, de la  absoluta falta de reflexión en nuestros medios de comunicación, traspasada sin remedio a nuestros medios de creación.

Amarrado  al  duro  banco de cualquier galerada prisesca debería quedar, por tiempo indefinido , un tal Xavi Sancho que, sin muestras de pudor ni arrepentimiento alguno, firma la impagable pieza "Catedráticos de la 'modernez'" (totalmente sic ), en el  diario de referencia, de fecha 08/02/2011 (no  me queda paciencia para buscar el link).

Como los malos  escritores son los más fieles portavoces de las miserias de una época (léase si no cualquier cosita de Pérez Reverte, por no andar indagando mucho);  así este periodista, becario o consolidado, senior  o junior,  estrella o estrellado (que en todos  esos niveles encajaría con soltura nuestro comunicador), refleja lo peor de una información cultural  tan deficiente en nuestro país, que es incapaz de generar un debate público, vocaciones, correcciones a la oficialidad, orientaciones al sector privado...  nada. Una crítica cultural de vuelo gallináceo, que solo alcanza a escarbar en la  biblia neoyorquina  para encontrar las migajas de gracia de quien nunca la tuvo, porque de las muchas cualidades que animan todos los  días las páginas del Times, la  gracia tontona y enrrollada como guiño a la  tribu tontona y enrrollada, no es la principal ni mucho menos.

¿Porqué ocuparse de algo  tan intrascendente? Como diría  Cristiano Ronaldo, luz y espejo de la juventud, porque hay niños y necesitan ejemplos. Y porque ya está  bien de que todo valga. El autor del  artículo que comentamos toma la benemérita publicación n+1 (lo que ya le  otorga un aire de enterao que parece hacerlo  feliz) como referencia para llenar las líneas que le han pedido. Y, a través de ella, plantea los estudios que se están realizando sobre "la realidad de los modernos". Lo que parece ser increíblemente polémico:  "... se editó un libro que trata sobre el  asunto, What was the hipster", y,  por favor, apunten todo esto para sustancia de sus conversaciones presentes y futuras, " eso no  hizo sino extender la polémica de convertir en objeto de estudio la realidad de  los modernos,  once años atrás asociados por inercia con las subculturas juveniles,  hoy ya casi convertidos en una casta cuyos orígenes parecen hallarse en el triunfo del neoliberalismo".

Tomen aire y ayúdenme a entender algo. Once años atrás comenzábamos el 2.000 y yo  estaba en la lejana y oriental Manila; solo así resulta explicable  que no me enterara de que, al  ser moderno, formaba parte de la subcultura juvenil (a mi edad). Pero he preguntado a quienes permanecieron en Occidente y tampoco tienen noticia de esa extraña trasmutación que llevó a los modernos a transformarse en subcultura juvenil, momentos antes de convertirse en "casi" casta, gracias al  triunfo del neoliberaliismo. Solo  ahora consigo entender la trayectoria profesional y vital  de  Rodrigo Rato.

Aparte ese hallazgo, que, la verdad, ya intuía, he sabido que "una de la peculiaridades del libro" radica en ser "la transcripción del evento que precede a una serie de ensayos más o menos  sesudos sobre el  tema:  desde las pugnas entre judíos ortodoxos  y modernos en Brooklyn por la  implantación de  carriles bici hasta el diluido papel de la mujer en este universo".

Hay, efectivamente, un libro de pormedio. Y los lectores habituales de El País seguramente han adivinado que ese libro está próximo a publicarse en traducción al español (esperemos que no perpetrada por el  propio Xavi). De hecho, es la portavoz de la editorial, Ana Pareja, la  que  da la puntilla al neonato afirmando que "puede llevarte a analizar con seriedad algo que a primera vista es absolutamente frívolo". O sea, la modernidad, ¿frívola?, pero ¿qué editorial es esa? Se lo digo:  Alpha Decay (de verdad, sic).

A mi lo único  que se me ocurre para explicar este disparate es que Ana y Xavi sean novios. Solo así entendería que un diario de prestigio se prestara a operaciones publicitarias tan soeces y, si me aseguran que lo suyo  va en serio, hasta lo aceptaría.Que ambos formaran parte de un comando literario de Muchachada Nui también tendría su lógica, aunque seguiría sin tener gracia.

No  siendo así, no  puedo sino lamentar la deriva de ese periódico con el  que todos aprendimos tanto  y que tan caro nos lo está  cobrando. Asumiendo que haya otros de los que ni hablemos, El País ha entrado en la patética  -y vana- ilusión de  continuar captando la  atención de las sucesivas generaciones de españoles, para la  cultura más  cosmopolita. De ahí la audacia sin fin de Xavi, los melancólicos  esfuerzos por imitar a Rolling Stone del otrora  gran Manrique, o  los pedos de monja de Boyero. Dejando a Juan Cruz pastorear  la tercera edad que aún se mantiene fiel. Porque muchos nos estamos yendo, es verdad que al  fútbol, pero nos estamos  yendo. Y los  jóvenes hace ya mucho que pasaron.

El  clientelismo, la autopromoción, el  amiguismo, la falta de pensamiento y objetivos, la pérdida de identidad... están creando un periodismo cultural sin sentido, en el que nadie cree, tras descubrir una y otra vez que solo encierra promociones de  "los nuestros", o consignas "de los de arriba". La obsesión de trasponer al mundo  de la cultura los usos y prácticas, que convierten en populares objetos o  servicios de cualquier otra índole, no está ampliando su público, solo   enajena a los  que decidimos permanecer en ella pase lo  que pase. Tanta exposición aplaudida por decreto, tanta película encumbrada por dinero, las instituciones culturales con bula para derrochar porque hay críticos en nómina, los  libros  que solo duran el  tiempo de la promoción, los escritores con pasaporte de salvapatrias...y otros engaños a los ojos y a los corazones del siglo (con las inteligencias no pueden) están llevando a una profunda indiferencia por la  cultura, casi tan olímpica como la que empezamos a sentir por la política. En España siguen demasiado enredadas.

lunes, 7 de febrero de 2011

A foggy day in London Town...

Artemisia Gentileschi

Andrés Serrano
...y según con  quien,  sería la  única forma de hacerme entrar en un museo, hoy día. Los museos, armarios de la  abuela del estado, en los que cabe de todo; o, peor, fondos de armario de los  hijos  desocupados del estado, en los que no cabe nada; esos huertos de los que en Murcia inauguran varios al  año.

Lo han adivinado:  los museos están en crisis. Como si alguien pudiera recordar un momento en el que no lo hayan estado. Yo llevo algunos años viviendo (de) sus crisis, más o menos cerca, y no  me parece  para tanto. Pero el  estado no cumple, regatea sus presupuestos; y las empresas, corporaciones o fundaciones, los  dejan a una  intemperie en la que no consiguen atraer a las masas que, hace poco, henchían de orgullo las cifras que sus directores gustaban de comunicar, con obsesiva machaconería. Ahora que la crisis de verdad, la ominosa, les ha comido las colas, no saben cómo explicar que necesitan dinero para cumplir su irrenunciable misión: seguir atrayendo a esas masas que, por otra parte, tampoco solucionan sus problemas. Y así hasta la próxima generación.

Arbitristas no faltan aportando soluciones de todo tipo. Entre los más  imaginativos, Alain de Botton, que ve la salvación de los museos en imitar a las  iglesias (¿a cuáles?, me pregunto yo, porque tampoco es que les sobre público, o ¿me estoy perdiendo algo?). Sí, los museos deberían asumir su destino natural, que no es otro que servir al  enrriquecimiento de nuestras almas y, en general, a nuestra mejora como personas.. Porque el  arte pierde sus más  profundos significados cuando se muestra al público con esa frigidez académica o, mucho peor, con esa sensualidad sin contenido. El  museo no está vinculando los objetos que exhibe a las necesidades de sus visitantes, por eso  dejamos de frecuentarlos. Y  la  BBC airea estas cosas con la mejor intención, digo yo.

Tampoco faltan estrategias para mejorar los balances de los museos. Algunas de las que adoptan los  europeos escandalizan a los americanos. El New York Times se sonrroja al informar sobre la publicidad   que  cubre la venerable pared del Musée D´Orsay, con una anuncio de Chanel. Pero el museo ya tiene su portavoz para defender ese  bonito frasco que, entre otras cosas, se mueve con el  viento (qué no inventarán...). Además, Amélie  Hardivillier muestra claramente la maginot de la grandeur: "...rechazamos la botella de cocacola", tranquiliza a sus clientes (a los de cocacola). ¿Será cosa de Carla Bruni, esta política cultural? Porque el hijo de Miterrand no le hacía ascos a nada...

Los (buenos) museos tienen muchas formas de financiarse. Siempre han alquilado obras a otros y lo seguirán haciendo. Parece que hacerlo en Dubai despierta lo peor de nuestra xenofobia cultural y altera la percepción del propio préstamo, por rentable que sea. Pero si tenemos que alquilar a Pep Guardiola a Qatar, no sé, a mi, ahora, me hace mucha más falta que La vieja friendo huevos, de la  que temporalmente me atrevería a prescindir, sin que Velázquez se vaya a remover en su tumba, creo.

Lo que me resulta mucho más difícil de aceptar son las nuevas tendencias de estos templos de la humanidad, en su voluntad de sorprender y servir a la sociedad moderna. Cuando yo vivía en Chicago, su Museo de Arte Contemporáneo dio en la sandez de celebrar los jueves una "noche de los solteros" (ejemplo que he visto cundir, con ligeras variantes, por todo el mundo). Yo, que en aquella época no lo estaba, me colaba por si pillaba algo. Y no lo recomiendo. Besar a alguien, que acabas de conocer, delante de un pollock te revuelve las tripas, y tu libido puede descender, hasta lo irrecuperable, si te encuentras con alguien que te gusta delante de una foto del, por otra parte, extraordinario Andres Serrano, por ejemplo. (Eso me pasó...)

Los (buenos) museos saben muy bien qué es lo que tienen que hacer. Los que conservan colecciones importantes para la comunidad, cuidar de ellas, aumentar la reflexión y el saber que generan y transmitir todo ello a la sociedad en las mejores condiciones posibles. Lo que no incluye necesariamente ni puertas de Iglesias (Cristina), ni proas de Nouvelle, ni alas de Calatrava,  ni tantas otras ornamentaciones y fantasías, con las que arquitectos sin mucho sentido ni escrúpulo, han desafiado al contenido  que parecían tratar de optimizar.

Desde la  reflexión, el museo inspira a las generaciones actuales y les permite avanzar a hombros de gigantes en el apasionante mundo de la  creatividad  y el sentido humanos. Para lo  que no  se necesita vender corbatas. Ni tampoco caer en la fascinación de las masas, a la  que han sucumbido todos los directores que ahora son algo y nunca fueron nada.

  La gente, al  fútbol, que para eso es tan entretenido; y el que tenga que ir al museo que encuentre en él lo que busca,  que para eso no  va a necesitar de millonarias campañas de márketing, de ruinosos estudios de público y patéticos planes de explotación.

Eso, los buenos; y los malos, que los cierren, que total...

domingo, 6 de febrero de 2011

¡Socorro: los valores...!

Todo el  mundo  intenta solucionar la crisis: esa, la grande, la que todo lo  abarca, la  que nos domina y corroe, la ominosa.  Sin embargo, antes de convertirse en la ominosa, la crisis era financiera, máximo económica. Ahora ya es crisis, irrenunciable, total, absoluta. Crisis. ¿Quién la arregla? La financiera los que andan en ello, siempre ganando y demostrando que, en realidad, una crisis no es más que el golpe de algunos para redistribuir la circulación de rentas, previsiblemente, a su favor.

La económica; eso, los economistas. Ahí ya hay lugar para más sabios, porque los economistas han dado en el embeleco de atraeer a su acervo los saberes de todas las áreas exploradas por el ser humano, así no hay quién les eche la culpa de nada. Y ahora va a resultar que la  crisis era una crisis de valores. Y siendo así, nada más natural  que exigir la  vuelta de los valores, o a los valores; distinción que no resulta baladí, porque afecta a quién sea el encargado de llevar y traer tan preciada mercancía.

No hay que engañarse, los valores casi siempre andan metidos en una bolsa de,  y  lo que nos jugamos es  la bolsa de valores. Y esa  bolsa no  está nunca lejos de las manos del poder, que la maneja con  actitud generosa o amenazante, a veces estimulante y otras sancionadora, según... Los  valores son eternos, y si no, no valen para nada. Como el ADN, SON la  humanidad.  Nada tan humano, pues, como los  valores.

Amparados en esa eternidad de su vigencia, los valores lo que de verdad son es  el  pasado que invade nuestro presente, ocasionando no  pocos trastornos, muchos sobresaltos  y un sinfin de quebrantos a la integridad del individuo. Esos valores que, por cierto, pocos se molestan en especificar, inventariar y divulgar (solo sabemos que están en una bolsa y son múltiples y variados) se supone que tienen un alto contenido ético,  humanista, convivencial. Pero no  son más que los valores  históricamente promovidos desde el poder a través de la religión.

¿Cuáles son esos valores? Por intentar aproximarnos a ellos y sin  intención de agotarlos. El  respeto, que no  falte; ese es el  que  comienza en la escuela, se consolida en la familia, pasa a la empresa, al sindicato, al municipio... el  respeto. O sea, la aceptación de lo que venga, sea lo que sea. ¿Y la  integridad?: parecido, aguantar marea sin descomponerse. El ahorro, eso siempre,  salvo  cuando nos lanzan a la calle a gastar todo lo que habíamos acumulado  con dificultad, porque hay que ser patriotas. La unidad, el nacionalismo, la patria... ese me lo salto. Hay algunos más.

En fin, eternos retornos de una moral que  consagra el esfuerzo, el sacrificio y la ascesis como formas de llegar al éxito, la moderación como forma de conservarlo, la sumisión como estrategia de  integración y el aburrimiento como el destino natural del ser humano. Porque la cosa es esa: que la gente se aburre. Indaguen, profundicen, pregunten a sus amigos...

O vayan al cine español, y encuéntrense con esos "primos" tan divertidos que acaban  de estrenarse, pero seguirán contigo  aunque te deje tu novia y además, perpetuamente vestidos de imbéciles, como en el  cartel que anuncia la película del mismo nombre. En él, tres jóvenes de espaldas a la cámara se dirigen a lo que parece una playa, en calzoncillos, pero con los restos del chaqué que les sirvió para asistir a una boda. El melocotón se lo empezaron a agarrar, parece, en las escaleras del mismísimo altar de la iglesia. Vamos, el colmo de lo cool; oigan, ¿se puede ser más enrrollado? Desde luego más idiota, no. Esos son los eternos  retornos: que las clases superiores propongan a las inferiores formas de comportamiento inclusivas, ritos de iniciación que, a cambio de la efectiva igualdad de oportunidades que no llega, ofrezca la ilusión de pertenecer al grupo de los elegidos, solo con vestirte como un memo. Y además hasta te dejan hacer guiños así, medio atrevidos, tardoprogres, neoamericanos, ¡viva la identidad cultural!

Y si no, ¿qué me dicen del  riesgo que corremos, si  nos aplicamos en el trabajo, de que nos hagan marqueses, como le  ha pasado al pobre del Bosque? Cabal como es, sus últimas fotos registran la sorpresa por una prebenda que ni esperaba, ni buscaba ni, probablemente, entienda. Pero todos somos Inglaterra y si Ferguson es lord,  pues Del Bosque marqués, para eso tenemos un rey tan cool  y molón, tan sencillo, que no  es casi ni rey de lo sencillo que es. Pero hace marqueses. ¿Y qué le añade a un entrenador de futbol ser marqués? Lo mismo que a un memo de treinta años vestirse de lo que no es para hacer lo que no quiere: valores...

Yo, por no sustraerme a lo que critico ni  hacer traición al siglo (XXI),  también quiero proponer una vuelta de los  valores. De los del Caballero del Verde Gabán, aquel erasmista disfrazado con esa alegre prenda, entre los personajes que salen al paso de Don Quijote: el individualismo por encima del grupo, la conciencia de sí, la bondad entendida como la  actitud de no entorpecer ni cohartar el desarrollo de quiénes nos redean, el amor  como sentimiento de solidadridad y compasión con esas mismas personas, el conocimiento como forma de ascensión en la consideración de los demás y en la propia, el desdén por los logros inmediatos que ocultan la trayectoria... Propongo volver a su personaje, como a Cervantes, con el mejor sentido del humor, sabiendo que la vida, en realidad, tampoco es para tanto afán y desvelo.

martes, 25 de enero de 2011

...el hombre acecha...

La tremenda discusión abierta en torno a la ley de la abuela de la ministra de la  cultura, además  de gruesos cadáveres en el camino, ha dejado  un enorme interrogante abierto en el alma de los ciudadanos curiosos. ¿Esos  creadores de cámara y corte, que se pronuncian sin tasa ni control sobre lo que conocen y lo que no, sirven de algo?, ¿la cultura española...?... , ¿la cultura española... por dónde anda?

Quienes salieron en tromba a la  procura de sus derechos de reproducción, ¿sienten alguna obligación de producir? Vamos, que si  hay una continuidad creativa en nuestro panorama cultural más visible, en el oficial, en el del Ministerio y El País, y El Mundo y Tele 5, que para el caso.... Porque, adelantémoslo ya, en el  otro, en el  ejercicio diario de quiénes no pasan tanto tiempo en el  escaparate, es claro  que la hay.

El mismo Muñoz Molina se lo planteaba recientemente, aún sin poder dejar de celebrar la  cantidad de cosas que ha aprendido (creo  recordar que eran 10: ¡oye...!). Que si valora más la literatura de creación o la de divulgación y pensamiento, y ahora se inclina por esta última. No  deja de ser loable, como estrategia de supervivencia, que al comprobar que nadie aguanta tus ficciones les enjaretes sus realidades, de las que siempre permanecerán cautivos. A cambio del aura creativa del gran novelista -que es lo  que de verdad mola: ¡ahhh!, ¡Auster!- puedes exhibir, sin problemas, algún tipo de investidura como lider de opinión y pastor de hombres (las mujeres no siguen a cualquiera).  Hecha ya segunda piel,  trabajo bien remunerado en El País, vas a encontrar seguro. Claro que ¿quién se acordará de ellos cuando estén muertos... discreto Don Baltasar de Gracián?

Pero no  carguemos  toda la culpa sobre Antonio Muñoz Molina o Rosa Montero y afines, no  son sus frágiles hombros  para llevar una carga que abruma a Occidente todo. Disociar pensamiento y creación nos ha llevado a una distribución profesional  rentable  en términos laborales, con tanto  especialista en cualquier cosa, pero cada vez menos interesante. Occidente observa y Muñoz Molina lo cuenta, un puro  ejercicio periodístico, así no ponemos la pica en ningún lado.

La celebrada unión de lógica y poesía que vertebra los Díálogos de Platón no corre por las  venas de nuestros gerifaltes culturales de hogaño. Y es ahora cuando más necesitados estamos de referencias válidas, ahora que somos capaces de oir el silencio a nuestro alrededor, cuando los ruidos de la fiesta se pierden ya en la lejanía. Cuando  vemos que nuestros deseos no quedaron satisfechos y  nos sentimos frustrados por el tiempo perdido en la adoraciónn al becerro de oro y  en la  contemplación de la tasación que hicieron de nuestro piso. O,  peor, cuando vemos que los deseos cumplidos nos llevaron pronto al hastío, porque las plegarias que el becerro atiende no son las que más necesitamos concretar.

Prescindiendo del prurito nacionalistoide por  evaluar la proyección internacional  de nuestra cultura, que  tantas páginas de periódico llena, ¿de qué nos sirve nuestra cultura? Pues quizá por zonas poco transitadas, pero de ella siguen saliendo admoniciones iluminadoras, como las de Séneca, Quevedo, Gracian, Unamuno y tantos otros entre medio.  Vean esto, de  Chantall Maillard: "¡Muéstrame tu dios y te diré cual es el color de tu miedo!":  no  me digan que no da como para pasar la tarde. Creimos  tanto en el poder que ahora no sabemos recuperar la  senda del sentimiento. Hicimos del éxito nuestra razón de vivir, ¿y ahora?: el miedo a no saber vivir sin éxito.   Chantal Maillard nos ayuda a observar, a analizar... y a observarnos y analizarnos como objetos de ese mismo esfuerzo.  Quizá los  resultados no llenen páginas de periódicos,  pero  sí nuestras vidas de sabiduría y disfrute.

Entre los muros sin piedad que conforman la ciudad de Sao Paulo, de repente, la amnistía de una plaza, algún lugar lujurioso de verde, donde disfrutar de un poco de sombra. Hoy la ciudad cumple años y lo celebra de manera informal. En una de esas plazas,  con humildad y sosiego pernambucanos, aparece Naná Vasconcelos con sus músicos, para improvisar una sesión de su inigualable  percusión. Los paulistanos se van arremolinnando a su alrededor, sin que nadie pregunte aquello de "¿a qué hora empieza?". Empezará cuando empiece y  la  espera forma parte de la excitación del momento. El concejal de cultura local también toma su lugar en el suelo sin que a nadie se le ocurra comentar aquello otro de "pero ¡qué  sencillo es!". Porque, además de organizar los acontecimientos que celebran la efeméride, ¡al concejal de cultura "le gusta" Naná Vasconcelos! y se va a quedar todo el concierto;  junto  con otro colega, Gilberto Gil,  que también sabe disfrutar de la música,  y los que  andamos por allá. Naná  Vasconcelos sale, comienza a probar los distintos instrumentos de percusión que utilizará en el concierto y sin ningún alarde, comienza su labor. La concentración es máxima y a los pocos minutos, el ritmo entra en los cuerpos que  dejan de escuchar para hacerse música,  descansa el alma, queda el pensamiento en suspenso y el cuerpo es música.

Si bajamos el volumen de quienes nos admonizan,  aconsejan, prometen y amenazan, escucharemos a quienes solo quieren ser con nosotros:  tiempo y espacio. Nosotros, todos, porque la única verdad es que, en la  tormenta y en la calma, en la riqueza y en la adversidad, el hombre acecha (como la mujer, para el caso...).

PD: La foto de Sao Paulo es de Ricardo Alcaide, que prepara su próxima exposición en la ciudad.  Y Naná Vasconcelos acaba de sacar un disco: "Ideas".

sábado, 22 de enero de 2011

La felicidad era eso...



¿Qué es lo que era la  felicidad?

Siguiendo  a la  fenomelogía, una buena versión actualizada sería la satisfacción del fumador que sale a la calle  y resuelve su perentoria necesidad, huyendo  de la  represión interior. Algo así como quien saca un pie de la manta en estos días tremendos y lo vuelve a introducir en el confort de la  cama: vuelve a ser feliz y por bien poco.

Pero como no  solo  somos así de inmanentes, como también buscamos más cosas, hemos perdido un poco el sentido. Porque ¿qué era la felicidad? Innmediatamente antes de la llegada de la crisis, ese fantasma que recorre España (y alrededores), la felicidad  era comprar, presumir, cenar en sitios caros; así,  alardear todo el día, de cualquier cosa; aprenderse marcas de vinos de memoria, hablar de añadas que nunca se disfrutaron, soltar nombres de personas y cosas que nunca se conocieron; lo que fuera que diera a nuestra vida un coturno suficiente para elevarla por encima de la de los demás.

Esta España que conmueve en la zozobra o se crece en la adversidad, hasta ganar un mundial si hace falta, ¿supo navegar en la  abundancia? No. Frivolizando en los primeros tiempos de la ominosa (esperemos que no llegue a década, aunque por la incompetencia de nuestros políticos no quedará...), a mi me pareció  que,  concretamente  a Madrid, hasta le  sentó  bien la colleja (de los  primeros momentos, la gota malaya que nos machaca ya no sienta bien a nadie ni a nada).

Aquel Madrid triunfante, en perpetuo ejercicio especular con Nueva York, era un coñazo. Además, la  referencia no era  la capital del estado americano del mismo nombre, sino el  "Nueva York" que ocupa el imaginario universal tanto del moderno como del hortera (que coinciden más de lo que se piensa). La suma y cifra del chic, la moda (por lo menos las compras)  y hasta la  cultura o la arquitectura, o cualquier otra cosa. Porque , no nos engañemos, el lujo de verdad, el lujo, tampoco es que a los españoles que inundaban las orillas del  Hudson, les ocupara demasiado espacio en la cartera ni, menos aún, en la  cabeza. Era más lo del turco, el chino y el japonés... y a buscar un bocata chorizo. Pero así nos apropiamos de la Gran Manzana y aver quién nos discutía la conquista.

Pues se acabó. Entonces, ¿qué era la felicidad? Este no parece mal momento para volver a indagar en los pliegues del alma,  qué es lo que queremos, y de eso que anhelamos, qué es lo esencial, lo  que de verdad nos acerca a... ¡la felicidad! Porque la ministra de cultura se empeñará en lo contrario, pero ni yo, ni muchos otros millones de españoles, estamos dispuestos a renunciar a ella (a la felicidad, a la ministra sí podemos renunciar) y a disfrutarla a este lado de la pantalla.

Vinculemos por un momento crisis y ley antitabaco (aunque solo sea por la desazón que entre ambas están generando en  amplios sectores de población). La vida en Madrid está cambiando. Y lo que la prosperidad no  logró con sus interminables horas de trabajo, lo está  logrando la  crisis: meternos en casa. Y  claro, si tampoco podemos fumar, pues ya está, a casa, a degustar unos ricos polos de tomate que habrá preparado alguien; así, como recuerdo de lo que pudo haber sido y no fue,  de cuando todos éramos Adriá. Quizá no lo estamos  valorando (... y disfrutando) en toda su intensidad, pero  vivimos un extraordinario momento de libertad antes de la  nueva norma que llega implacable. Estamos como en el Berlín de ese otro imaginario, del golfo e internacional:  ¡a vivir que se acaba el mundo!. Porque el  que conocemos se acaba, podemos estar seguros.

Y es que, cuando menos lo esperábamos, porque ya habíamos superado todos los complejos europeizantes de los 80 y los 90, cuando empezábamos a entender que lo de Europa tampoco era para tanto, ¡zas!, nos  hacemos europeos, y empezamos a aburrirnos como ostras, a salir solo a cenar, porque las copas son un desénfreno impropio de personas responsables. A follar por follar, sin amor ni nada, solo porque sienta bien y sale barato. Y a rodearnos de artilugios electrónicos en casa para defendernos del exterior.

¿Y un buen libro? De verdad,  es lo mejor. No  dejemos pasar la crisis, demorémosla si es preciso, sin hacernos las grandes preguntas, las de antes: ¿quién soy?, ¿qué quiero?, ¿qué es lo que no quiero?, y sí: ¿qué es la felicidad? Esas y otras respuestas solo las encontraremos en los libros.

El fálico y dominador Occidente, al que ya le están dejando sus instrumentos de penetración hechos unos zorros en todas partes, haría bien en replegarse, volver a ser clásico y pensar.  Y no  digamos  España, donde parece que el único que piensa es Guardiola. Quizá no andaba tan equivocado el trío Los Panchos cuando aseguraba que "bastaría con abrazarse y conversar". Claro, si la infame turba de tertulianos nos deja entendernos. Yo propondría el día sin radio: un día en el que ningún español escucha a ningún tertuliano y descubre en su señora, en el novio, el  lechero, el panadero... una sabia manera de compartir el tiempo y enriquecer su experiencia. Porque lo que no encontramos en los libros ya solo está en la  gente.

Sosiego, reflexión, conversación y calma nos traerán el saber, la estrategia y el placer que la Cope, o El Mundo, u otros similares vociferios, se empeñan en ocultarnos.

PD: La imagen que acompaña es de mi amigo Alexander Apostol, de su extraordinaria serie "Ensayando la postura nacional".

miércoles, 19 de enero de 2011

La hora de todos y la ministra en su laberinto.




Algún fontanero de Moncloa, de esos a los que no hay residente en la  corte que no se precie de conocer y hasta tratar,  debió detectar una fuga en los sistemas de comuunicación con el pueblo y decidió  dar la tocata a la ministra de cultura. "Que se te tiene que oir,  que la gente tiene que saber qué  hacemos  y porqué lo hacemos". Eso es interesante:  en Moncloa siguen pensando que no sabemos qué hacen, que ese es el problema. ¿Y porqué creerán, entonces,  que sus expectativas de voto se funden entre la ira y el  desdén? Pues porque inasequibles al análisis ni, menos aún, a la  crítica, siguen pensando que el mal  está en los otros. O sea, en nosotros, en los que no acabamos de entender los  renglones torcidos con que a veces, y solo para combatir el liberalismo globalizante que nos inunda, el poder tiene que escribir nuestros destinos.

Porque sí, llegó la hora de todos. O eso nos creemos porque tenemos Internet: que nos vamos a realizar a golpe de bit y byte.  Pero somos unos frustrados, eso es lo que somos. La ministra ya sabe que lo único  que pretendemos es huir del  espacio físico "donde desarrollamos nuestras insatisfechas vidas" (http://www.elpais.com/articulo/cultura/adversario/elpepicul/20110118elpepicul_2/Tes) . A ella, desde luego, yo siempre le vi un no  sé qué gástrico en la cara, que estaba seguro  de que le impedía ser feliz.

Cuando  una ministra de cultura  nos advierte de los peligros de "creer barato",  el "perder un poco de intimidad a cambio de una vida (...) sin patronal", ¿sabe alguien a qué se refiereexactamente? Y,  lo que me parece más turbador, si cabe: "esas alternativas a la realidad que podemos construir con nuestras manos" cuando nos conectamos a Internet, ¿cómo se hacen?. A mi me suena todo como a cuando no  tienes pareja. Esos vacíos, ansias, frustraciones, sofocos y ansiedades que la ministra adjudica al común de los españoles... porque no será de los mortales: ¡los americanos ya tienen leyes antidescargas que dan miedo! ¿Se equivoca Zygmunt Bauman con ellos?

Pero cuando uno agradece de verdad el  celo con que la ministra vela (por) su cultura, es cuando descubre, así, una mañana cualquiera, en el diario El País, el secreto mejor guardado de la Historia de la Literatura Española. Cervantes escribió la segunda parte de su simpar historia... ¡empujado  por la  pirateria! Lo que ningún ministerio de cultura ha sido capaz de hacer, impulsar la  creación de una extraordinaria crónica de nosostros mismos, resulta que lo consiguió la piratería. Razón más que suficiente para desalojar al equipo actual del ministerio y sustituirlos por una buena bandera de piratas sin escrúpulos... ¡y otra vez a la  cima de la  creación mundial!

Sandia sandez es ya ocuparse tanto de la Sinde,  pero ¿cómo  obviar que, además de en su abuela, todo esto tiene su origen en la disposición final de la Ley de Economía Sostenible,  que "favorecerá la recuperaciónn económica y nuestra competitividad internacional"? Porque el  problema de fondo  estriba en la endeblez de la argumentación, en la  tergiversación de las posturas,  y hasta en las salidas de pata de banco, que encubren intereses corporativos, mediocridades ocupacionistas y fidelidades que se teme ofender. Vean sino cómo la perspicacia de la ministra se adentra en la ignorancia popular y, tras dejar atrás al pobre Cervantes, sin saber porqué ni aclarar para qué lo había  traído a colación, nos deslumbra con la  traca final: el  debate es "gente de la cultura versus gente de la tecnología". ¿Qué tal? Pero ¿quién destila en la mente de esta infeliz criatura (confesión propia, yo no juzgo...) semejantes ideas?

Ahí quería  yo llegar: a la necesidad de que la política vuelva a ser la actividad de  personas con un acreditado compromiso con la "cosa pública", que conozcan el medio en el que desempeñan el mandato de los ciudadanos.   Que  la competencia vuelva a sustitruir al poder. Porque, al final, resulta que estamos en manos de esos oscuros (y son bien oscuros) fontaneros de Moncloa que detectan ruidos, escapes y olores y se aplican al saneamiento con la impunidad que otorga el no ser nunca votados, solo nombrados. Así queda esta mujer frente a los electores, como el busto parlante que transmite las consignas del poder sin quitar ni poner nada y,  dada la melancolía que el  ejercicio parece ocasionarle, como la locutora con quien gustaría  de informarse  la  familia Adams.

domingo, 16 de enero de 2011

La (última) cena de los pequeños burgueses.




 ¿Alguno de ustedes ha conseguido ignorar con quién se fue de cena el chico de Savater? (http://acuarelalibros.blogspot.com/2011/01/la-cena-del-miedo-mi-reunion-con-la.html)¿No?:  pues está usted metido hasta las cejas en la cosa de la  cultura. ¿Sí?:  ¡qué suerte!, también puede suspender aquí esta lectura. Semejante opinión no  pretende disminuir el valor  del impagable servicio  que Amador Fernández Savater ha rendido a su patria:  por si alguien albergaba dudas sobre la dimensión intelectual de la ministra o  sobre la densidad de las políticas culturales del  gobierno del que forma parte.

Sí difiero del cronista en un aspecto. Dice haber compartido un plato único compuesto, básicamente, de miedo. (Si uno sigue leyendo parece que también hubo atún rojo, pero a lo que vamos...). Conociendo a varios de los comensales,  no  me parece el miedo su condicionante principal. El miedo, como  factor  evolutivo, ayuda al  progreso  del  género humano, mantiene alerta, despierta, espabila y afina. Pero la cena de los devenidos perqueños burgueses (aunque se juren provenientes de muy distintos ámbitos, todos  han acabado en el pesebre) más bien  parece  celebrar el ego desmedido, la  prepotencia dirigista,  la presunción indiscutida de su excelencia. ¿Conocen a  alguien que haya logrado terminar de leer algún libro de Muñoz Molina, por mucho que le hayan gustado  sus peimeras páginas? Y así con los demás.

No abundaré sobre la almendra de la  discusión que se ha abierto en España con la ley Sinde. Ha traído beneficios indudables a nuestra cultura. Como la oportunidad de medir el coeficiente intelectual de la familia  Bardem, o la proximidad a los problemas para llenar la cesta de la compra de obreros tan escasos de remuneración y reconocimiento como Javier Marías... y otras intimidades más, siempre conmovedoras, de nuestro mesetario star-system. Dejemos eso a ellos, que saben; y sobre todo, a los que saben más.

El alma jóven de Amador se turba:  "Me preopcupa que quien tiene que legislar sobre la Red la conozca tan mal". Turbación que solo consigue, y como efecto indeseado, supongo, elevar la  tensión de su compañero de mesa (daría una mano por saber quién era el hipertenso, pero  tengo mis  candidatos...). Amador:  sentí exactamente lo mismo con motivo de la  2ª Conferencia de Cultura Iberoamericana,  en la que, corriendo España con el  gasto, se  asignaba a su ministra un relevante papel.  El asombro  que  causó su  desconocimiento del medio, su falta de sensibilidad ante cuestiones que son la base de nuestra enjundia histórica, solo fue comparable a su entusiasmo cantando ... ¡los avances de la  condiciónn femenina en los últimos tiempos! Ni  Zapatero  lo hubiera hecho mejor. Es verdad que el  tema de la conferencia era "Cultura y transformación social"... Y es verdad que solo son ejemplos, pero que se van acumulando como testimonios de un sistema cultural que sustituyó  hace tiempo la competencia por el poder.

Lo  que no  deja de asombrar es la torpeza de los procedimientos: hay que tratar de estrategias culturales en la  era de las comunicaciones, pues convoquemos a los  guardianes del parque jurásico que han conseguido, en los últimos años, monopolizar una escena cultural españoola al punto del estertor que sigue al  bostezo más prolongado, de la,  ya de por sí,  decaida fiesta europea. Y convoquémoslos a cenar, nada de trabajar, ni estudiar, ni investigar: ¡a cenar!

 Algunos de ellos tienen dificultades para frenar a la bestia en su propia casa ("mi hija se lo baja todo", confiesa un invitado: dios mío: ¿todo?).  Y a  otro le enfurece que usen sus fotos en los perfiles de facebook, ¡y qué quiere que hagan con ellas si ya no hay más velatorios de la movida. ¡ Ah!: comprarlas ... bueno,  quizá para decorar el plató del nuevo  "Cine de barrio". Perdió la oportunidad de fotografiar el "Decadencia Meseta Tour" de Miguel Ríos  (¡cómo hubiera quedado narrado por Elvira Lindo!) y hasta que no se lancen Víctor y Ana... que quizá prefieran a Ouka Lele...

Entre estos y los objetores a la lay del tabaco, uno  ya no sabe cual  de estas españas ha de helarle el corazón.